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Una cuarentena que se dobla y no se rompe

La ley está ahí. El decreto está firmado. Qué se puede y qué no, está escrito en algún lado. Pero a lo largo de los días la ley perdió la dureza de la literalidad, se empezó a gastar.

Como pasa con la cubierta del auto, las grietas que daban seguridad empezaron a borrarse. La ley se volvió flexible, como la cuarentena.

Una de las palabras más usadas en relación a la cuarentena es «flexibilización». Me resulta extraño que un decreto del Ejecutivo anunciado con el tono de una cadena nacional y respaldado por sus opositores, sea adjetivado de ese modo tan ambiguo, tan subjetivo.

La primera acepción en el diccionario del vocablo flexible es: que puede ser doblado fácilmente sin que se rompa. ¿Hasta dónde puede ser doblada la cuarentena sin que se rompa?

Se habla de un porcentaje en el aumento de la circulación. Un porcentaje permitido, quiero decir. Y es cierto. Las calles volvieron a estar vivas, volvieron a tener el color de antes. Incluso desde hace una semana ya rige nuevamente el estacionamiento medido.

Nadie sabe con precisión de qué va esto de la fase cuatro. Qué cosas están habilitadas –y de qué manera– y cuáles no. La información sobre horarios y días en que abre cada rubro se amontona y se superpone, como la agenda de un médico que en medio de las consultas pautadas atiende urgencias. Tanta información confunde, la cancha se embarra y las líneas de cal desaparecen. ¿Será este un signo de flexibilización? No solo hay gente en la calle concurriendo a los negocios abiertos sino que también hay gente en la calle concurriendo a los negocios cerrados para saber cuándo estarán abiertos.

Hay algo que fue dicho por la autoridad máxima y hay otra cosa –infinidad de otras cosas– que fue escuchada por cada uno de nosotros.

“Ustedes saben cómo comportarse”, podría ser el mensaje latente de las autoridades gubernamentales. O confío en ustedes –mejor dicho, confío en la culpa de ustedes–. Entonces el famoso slogan “esto es entre todos y nos cuidamos entre todos” se transformó en “Antón Pirulero, cada cual atiende su juego” y que cada municipio presente su propuesta. La cuarentena es una camisa nueva que se destiñó al tercer lavado.

En los grupos de whatsapp ya no se debate cómo limpiar las verduras. Ahora, el tema de moda es cómo violar la cuarentena lo menos violada posible. Hablar de violar la cuarentena ya no es tabú, ni un acto revolucionario. Es fácil ofrecer argumentos racionales y de sentido común que permita pensar que lo descabellado, hoy día, es respetar la cuarentena a rajatabla.

Que si andamos con barbijo, que si se respeta la distancia, que si se evita el saludo, que si llevamos alcohol en gel ¿por qué no, entonces, pasar a saludarte por tu cumpleaños? Que es mejor distenderse un poco ahora que el virus no está en Mercedes, que ya nos tocará volver a encerrarnos en forma drástica cuando aparezcan los infectados, pero que mientras tanto…

El chiste y la provocación es un moscardón que interfiere en las charlas de whatsapp.

Que ya fue, que hagamos un asado, que voy para tu casa.

Las denuncias ya no son escraches en redes sociales como a fines de marzo. Ya nadie se indigna porque fulano ande paseando en la calle. Las denuncias ahora son chismes que ejemplifican los argumentos para convencerse –y convencer a los otros– que lo más sensato es aprender a convivir con esto y que si tomamos las medidas precautorias ¿por qué no probar, una puntita, del fruto prohibido?

La encrucijada es la de aquel –o aquella– que cansado de su pareja se pregunta si un beso, o unos mensajes subidos de tono es infidelidad, y juega todo el tiempo en el abismo entre el deseo y la moral.

Algunos dirán que las mañanas en Mercedes son como eran antes, que la gente –harta– anda en la calle. Y otro, sin contradecir, valorará que todos llevan barbijos y que la distancia se respeta y que las indicaciones protocolares de los comercios, también.

Los controles oficiales son menos intensos. La apuesta ahora es hacia los controles no oficiales: la mirada del otro –el vecino que te ve al salir, las reuniones clandestinas sin celulares ni fotos en redes– y también la mirada interna, nuestras vocecitas neuróticas que por un lado te dice que no estás haciendo nada malo y, por el otro, no te deja disfrutar.

Cuarentena flexibilizada: ¿Lo dejo a tu criterio? Lo dejo al criterio de tu culpa.

El mensaje es ambiguo. Si al anuncio de un decreto lo endulzamos con el concepto de flexibilización, estamos en problemas.

Si en vez de flexibilización buscamos un eufemismo bien rebuscado y la llamamos “la nueva normalidad”, estamos en problemas.

Si a la información de índole nacional le agregamos el condimento provincial y lo rematamos con una pizca de municipal, estamos en problemas.

No creo que se trate de fallas en la comunicación, al contrario. Creo que el mensaje es claro. Tan claro como el deseo de aquel –o aquella– que le dice a su pareja “andá, si queres. Andá a divertirte con tus amigas, yo me quedo solo. No voy a hacer nada”, o el conocido “hacé como quieras”.

El mensaje es ambiguo, dije. Como ambiguo es el mensaje que los padres que violan la cuarentena -un poquito, nada mas- le dan a sus hijos. ¿Cómo explicarle al infante que la cuarentena sigue pero que podemos salir, que un ratito podemos ir a visitar a fulano, que almorzar en lo de mengano sí, pero de lejos?

Sí, pero no.

El infante ve en la tele que la cuarentena y el #yomequedoencasa está más vigente que nunca. Sin embargo sale. Él sale. Sale porque el virus no está en Mercedes, se le dirá con la misma convicción con que acto seguido se le advertiré que nada de darle un beso a la abuela ni mucho menos abrazarla. Entonces, ¿está o no está el virus en Mercedes? El mensaje completo –que no se puede decir porque nunca se puede decir todo– sería: «Vamos a ir a visitar a los abuelos porque sabemos que ninguno está infectado pero ni se te ocurre abrazarlos después de sesenta días porque meterías el dedo bien profundo en la llaga de mi culpa».

Hasta hace unos días tomaban la temperatura en la calle para detectar posible coronavirus y el aislamiento consecuente. Hoy, el termómetro que indica cuán aislado debes estar, es la culpa neurótica.

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