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Medio ambiente, virus y pandemia: nadie se salva solo

La complejidad que reviste el tratamiento de los temas medioambientales por su carácter totalizante, quizás sea uno de los inconvenientes más difíciles de sortear para empezar a desentrañar la maraña, por demás peligrosa, que hemos sabido construir por la manera en que nuestras sociedades interactúan con la naturaleza.

En la década del 40 del siglo pasado ya empezaban a encenderse alarmas sobre alteraciones en las relaciones de la industrialización y los procesos naturales a través del deterioro de algunos ecosistemas, producidos por la extracción intensiva de materias primas.

Sin embargo, a nivel global, la preocupación institucional por el medio ambiente tiene su origen en la cumbre de Naciones Unidas que se celebró en Estocolmo en 1972.

Desde entonces, la preocupación por el medio ambiente ha comprometido todos los ámbitos del saber científico, estudiando en principio fenómenos como la sobrepoblación, causada a su vez, por las olas migratorias y las altas tasas de natalidad. La deforestación de áreas verdes que anteriormente eran hábitats de animales. El crecimiento y empeoramiento causado por las nuevas formas de agricultura intensiva, terminaron contaminando los ecosistemas.

Ante tal panorama, el menoscabo a los procesos de la naturaleza ha seguido creciendo, aún cuando se han realizado acuerdos y cumbres mundiales para tratar estos temas y detener el avance de los desequilibrios medioambientales producidos por el hombre casi todos han sido incumplidos, especialmente por los países más desarrollados, que son los que más contaminan.

Aún cuando se han realizado acuerdos y cumbres mundiales para tratar estos temas y detener el avance de los desequilibrios medioambientales producidos por el hombre casi todos han sido incumplidos, especialmente por los países más desarrollados, que son los que más contaminan

Por otra parte, a comienzos del siglo XXI, se suma el problema de la contaminación del agua, la exagerada emisión de dióxido de carbono (CO2). Es producida por uso intensivo de combustibles fósiles, que aceleraron la alteración del clima y el recalentamiento global, que si no se detiene ya se sabe que en el 2050 tendrá efectos desastrosos para la sustentabilidad de la vida.

Nada de todo esto ha sido suficiente para convencer a los gobernantes del mundo, que son los que tienen en sus manos la solución. La detención de la forma de “desarrollo” adoptada los supera. La adolescente activista ambiental sueca, Greta Thunberg, propuso en una de las cumbres que “si el sistema no encuentra la solución, habrá que cambiar el sistema”. El enunciado puso de manifiesto la contradicción entre la forma de producción y consumo del capitalismo y la sustentabilidad del medio ambiente.

Preservar la naturaleza para evitar pandemias
El Covid-19 produjo un problema de salud y seguridad humana de alcance mundial, pero a medida que las personas, empresas y Gobiernos están cambiando sus comportamientos para detener la expansión del contagio producido por la pandemia, también se han generado efectos beneficiosos en el medio ambiente que están siendo inesperadamente esclarecedores, en cuanto a que la actividad humana, tal como se ejerce, es altamente perjudicial para la naturaleza.

La detención de la producción industrial y el transporte a nivel global, producto del advenimiento de la pandemia, la reducción al mínimo indispensable de las frecuencias del transporte aéreo, la suspensión de grandes concentraciones y eventos deportivos, sociales, culturales y también las cuarentenas, redujeron ostensiblemente el nivel de emisiones de gases contaminantes. La detención de las actividades habituales generó una notoria baja de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), demostrando de forma palmaria que la acción antrópica es la causante de las alteraciones de los ecosistemas y el medio ambiente en general.

Instituciones dedicadas al estudio de los efectos de la pandemia, como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por su sigla en inglés), en un reciente comunicado manifestó: “Esta crisis debe ser un llamado de atención. Y así debe ser, ya que debe servir para generar una mayor conciencia social frente al cuidado del planeta y el uso racional de los recursos”. Adujo también que, en un estudio realizado en Italia, se concluyó que “existe un vínculo muy estrecho entre la propagación de las pandemias y el tamaño de la pérdida de la naturaleza, una problemática que se acentúa año a año”.

Asimismo, la relación pandemia y deterioro del medioambiente se hace cada vez más concomitante. Casi todas las hipótesis esbozadas hasta el momento apuntan al origen zoonótico de la infección, por lo que los mayores esfuerzos están centrados en examinar la relación de los humanos con la fauna silvestre. Recientes investigaciones han descubierto la venta de animales salvajes en los mercados, pese a estar prohibida.

En China, los pangolines son los mamíferos que se trafican con mayor frecuencia y son usados como alimento y medicina. Al respecto existe un estudio que sugiere que “un antepasado del virus SARS-CoV-2 estuvo una vez presente tanto en murciélagos como en pangolines antes de llegar a los humanos”. Sin embargo, los mismos investigadores dijeron que se necesitaba más investigación para encontrar el coronavirus animal que primero infectó a las personas.

Un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el origen del coronavirus deja abierta una de las principales incógnitas de esta pandemia: cómo surgió el virus y cómo llegó a los humanos. Aunque el informe no es concluyente ofrece cuatro conclusiones sobre el origen del virus (“Origen del coronavirus: 4 hallazgos y 3 incógnitas que deja el informe de la OMS tras la investigación en China”).

Por ahora, seguimos navegando la pandemia. Nada garantiza que haciendo lo mismo se obtengan resultados distintos. El fin de la crisis sanitaria, debería empezar con la revisión profunda de cómo quedarán nuestras vidas y encontrar soluciones colectivas.

Lo que ha quedado demostrado es que nadie se salva sólo. Y que la solidaridad parece ser la clave.

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