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«Lloré, lloré y lloré»: Marcelo Simionato conquistó la cumbre del Aconcagua 

«No soy maestro ni consejero, solo un caminante de montañas». Con esa humildad, pero con el cuerpo todavía impregnado por el rigor de los Andes, el mercedino Marcelo Simionato describe lo que fue alcanzar la cima del Aconcagua, el coloso más alto de América.

Tras una preparación espartana de 11 meses y una expedición de casi tres semanas, Simionato logró plantar bandera en la cumbre, en un ascenso que define como el desafío máximo de autosuperación.

La magnitud de la tarea es técnica y biológica: a casi 7.000 metros de altura, el oxígeno se reduce al 67% de lo que se respira en Mercedes.

«Se hace imposible pensar en correr, hablar rápido o caminar con intensidad; te ahogás inmediatamente», explicó Marcelo sobre las condiciones extremas de una montaña conocida mundialmente por su crueldad climática.

Una preparación de «equipo» para el sueño máximo

La idea de desafiar al Centinela de Piedra no fue un impulso, sino el resultado de un proceso de maduración.

«Nace como toda persona que busca el desafío máximo de medirse. Me apasiona subir montañas y decidí ver si realmente podía hacer algo diferente y exigente», relató.

Para lograrlo, conformó un equipo de trabajo mercedino que lo sostuvo durante casi un año:

Crónica de un ascenso al límite

El ascenso demandó 11 días de lucha constante contra la geografía y la mente. El Aconcagua, según Simionato, intenta quebrar al andinista en cada paso.

«Te pone a prueba psicológicamente para que te bajes. Te tiene todos los días con noticias como que no hay agua, entonces hay que salir con una bolsa a recolectar nieve para luego derretirla», narró con crudeza.

Sin embargo, el factor más duro no fue el clima, sino la cercanía de la muerte. Durante los 20 días que duró la travesía, Marcelo fue testigo del fallecimiento de cuatro personas.

«Fue una desgracia ver cuatro muertes. Mi familia se enteraba, pero en la montaña hay cero señal y, al no poder comunicarme, ellos no sabían cómo estaba yo», recordó, haciendo referencia a la angustia de su esposa Anita y sus hijos, Valentino y Renata.

Por ahora, el mercedino que tocó el cielo con las manos tiene un solo objetivo en mente: «Mi próximo desafío es llegar a mi casa para juntarme con mi familia»

El instante sagrado en la cumbre

Al llegar al punto más alto del continente, las palabras sobraron y las emociones desbordaron. «Cuando llegué a la cumbre no me acuerdo de mucho, solo sé que lloré, lloré y lloré. Creo que fue por los 11 meses que pasé limitándome de cosas, por extrañar a mi señora y a mis hijos», confesó Simionato. Especialmente mencionó a su hija Renata, quien «sufre mucho» con cada una de sus expediciones.

El descenso, lejos de ser un trámite, le tomó 3 días adicionales hasta llegar a Horcones. A pesar de tener 15 cumbres en su historial, Marcelo asegura que ninguna lo preparó para la magnitud del Aconcagua.

«A quien quiera intentarlo le diría que no subestime la montaña. Que vayan de a poco, conquistando cerro tras cerro, metro tras metro. Y una vez que conquisten los 6.000 msnm, ahí tomen toda la potencia del mundo e intenten el Aconcagua», sostuvo.

El regreso al hogar

Consultado sobre su futuro y la posibilidad de escalar el Everest, el sueño máximo de cualquier montañista, Marcelo es cauteloso y prioriza sus afectos. «Mi sueño sería ir al Everest, pero es muy costoso y creo que Renata me mata antes de salir», bromeó.

Por ahora, el mercedino que tocó el cielo con las manos tiene un solo objetivo en mente: «Mi próximo desafío es llegar a mi casa para juntarme con mi familia». La montaña ya le dio su gloria; ahora toca el turno del abrazo más esperado.

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