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Un último gol en el aire de Mercedes con la partida de Marcelito Flores

Hay ausencias que no se miden en espacios vacíos, sino en silencios que antes tenían música.

Esta semana, Mercedes amaneció con un eco distinto tras la partida de Marcelo Flores. No se fue un hombre de despachos ni de discursos, se fue un dueño del asfalto, un coleccionista de tardes al sol y el portador de una camiseta de San Lorenzo que era, en sí misma, una institución de la alegría. Se fue un conversador de esquinas, de kioscos, un prototipo único.

Se lo va a extrañar desde el grupo de la murga que acunaba su redoblante hasta la propia esencia mercedina que nunca se termina de definir pero que tiene sus rasgos. Es que falta una pieza en un rompecabezas social que se construye todo el tiempo.

Marcelito no necesitó de títulos para ser ilustre. Su currículum era un humor extraño y luminoso, un apego incondicional por el fútbol y esa capacidad casi mágica de certificar, con su sola presencia, que uno todavía estaba en Mercedes.

Su figura en el centro o en los barrios era el pulso que le recordaba a la ciudad que seguía viva, más allá de la prisa y del cemento.

La arquitectura de lo invisible

A menudo se cree que las ciudades se construyen solo con los nombres que figuran en las placas de las esquinas.

Sin embargo, una buena parte de la identidad mercedina se ha forjado en la huella de quienes, como Marcelo, Roberto Lorusso, Abelito o Comitas, habitaron el tiempo con una libertad que los «exitosos» rara vez conocen.

Ellos son los ladrillos espirituales de nuestra comunidad. Su paso por la vida deja constancia de que la sociedad es un mapa compartido donde el saludo de un vecino vale tanto como la firma de un decreto o la mayor presencia y likes en redes socisles.

Marcelito fue ese hilo invisible que unía las esquinas, transformando lo ordinario en un rincón de pertenencia.

Un lugar en la vitrina del alma

Mientras Mercedes se transforma y se apura en su metamorfosis posmoderna, figuras como la de Flores reclaman su derecho a la memoria. No a la memoria del olvido que a veces practican estos pueblos bonaerenses, sino a una vitrina de afectos donde la dignidad se mide por la nobleza del espíritu.

Se ha ido un hombre que no pidió permiso para ser parte de todos. Su fallecimiento no es solo un dato en el registro civil; es el cierre de un capítulo en el libro de la identidad local.

Se lo va a extrañar en las calles que él hizo célebres con su andar, recordándonos que, al final del día, una ciudad se hace con todos, especialmente con aquellos que nos enseñaron a sonreír sin motivo aparente.

 

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