
Este 31 de marzo, Mercedes se siente como una ciudad atrapada entre dos mundos. En la calle, el otoño parece una promesa incumplida; aunque el calendario dice una cosa, el termómetro marca 32°C y una sensación térmica que trepa a los 36°C, recordándonos que el sol todavía tiene fuerza de sobra.
Las hojas secas que empezaron a alfombrar las veredas tras el equinoccio ahora crujen bajo un calor que invita a la pileta, pero la realidad manda: el ciclo lectivo ya arrancó y las pelopincho quedaron guardadas.
Para las familias mercedinas, el «veranito» de San Juan se vive con el bolsillo golpeado por una canasta escolar que este año dio tregua, porque los precios casi se sostuvieron, pero hay que sumarle a este mini análisis a los demás rubros (en contraste con salarios depreciados) que llevan un acumulado de aumento de precio de meses donde la economía pasó de complicada a una recesión que se palpa en el aire.
Entre persianas que suben y el peso de la incertidumbre
El paisaje comercial de la ciudad muestra una dualidad extraña. Mientras en algunas esquinas del centro se ven locales que se animan a abrir con propuestas frescas, el sector industrial y de servicios atraviesa nubarrones.
Las reducciones de personal empiezan a ser tema de conversación en las mesas de café, y el rubro de servicios, aunque devaluado, sigue siendo el refugio para quienes buscan el «mango» diario.
La mesa familiar también sufre su propia reforma: con cortes de carne que ya rozan los $28.000 o $30.000 el kilo, el asado pasó de ser un rito dominical a un lujo de Ferrari.
La clase media local sobrevive a fuerza de malabares, con tarjetas de crédito detonadas que ya no admiten un cierre más sin intereses.
Un cambio de paradigma político y laboral
En el plano institucional, Mercedes observa de reojo los movimientos de Buenos Aires. La Ley de Modernización Laboral, publicada recientemente en el Boletín Oficial, plantea una reconfiguración total de las reglas de juego.
En este 2026, un año sin el ruido de las urnas, los partidos tradicionales como el Justicialismo y el Radicalismo parecen estar replegados, buscando fortalecer sus estructuras internas y aceitando propuestas para un futuro que se ve lejano pero ineludible.
El refugio de la cultura
Sin embargo, no todo es macroeconomía inmanejable. Si algo salva el espíritu del mercedino en este fin de marzo es su vibrante agenda cultural. Desde el ciclo «Camino de los Bodegones», que une gastronomía y artistas locales, hasta muestras como «Territorio Emergente» en el Museo de Arte (MAMM), y la multitud de propuestas independientes que no cesan de multiplicarse, en distintos lugares que surgen como borbotones, la ciudad ofrece espacios de expresión que funcionan como un pulmón necesario.
Para algunos es ese «aire» el que permite seguir adelante, mientras esperamos que, finalmente, el viento sople del sur y el otoño se decida a entrar por la ventana para enfriar un poco tanto agobio.
Para otros no es tan simple, como en el caso de Kike:
El Kike está grande ya; seguramente supera largamente los cincuenta. Ahí va, sobre su
bicicleta negra, casi imperceptible.
Del manillar cuelgan bolsas que equilibran su marcha: a la derecha, una que rebosa pan; a la izquierda, otra cargada de zapallitos verdes que un perro, feo, fiel y cercano, parece
querer disputarle.
Con un cariño extraño, junto a uno de los contenedores verdes de residuos urbanos amontona latas de cerveza en el canasto de atrás. Lleva de todo, lleva demasiado. Me mira, pero es una mirada que no ve; sus ojos negros y cansados, sin aire, desinflados.
El Kike avanza lento, como si estuviera habilitado solo para existir.
