
El tiempo se atreve a entrar, o al menos pide permiso y se saca el sombrero para hacerlo, entonces la Pulpería de Cacho Di Catarina lo recibe. Pero poco se anima a ir por esos lados y el paraje sigue casi tal cual como hace 130 años, con botellas tapadas de telas, tierra y tiempo, y paredes muy anchas que han sufrido inundaciones y siguen en pie. Ahí, firme como un poste de quebracho, está José María «Soco» Larralde. No es un improvisado que cayó con la marea de turistas este domingo; es parte del inventario emocional de Mercedes.
A sus 82 años, Zoco encara la tarde con un vaso ancho. Un vermut con hielo, «con soda», para que la charla fluya mejor. Se lo ve cómodo, como quien está en el living de su casa, y es que La Pulpería lo es. Mientras el microturismo bulle afuera, algunos comen picadas con salame mercedino adentro y el olor a empanadas inunda el aire, él recuerda cuando con Cacho —el legendario Di Catarina— eran apenas dos pibes que andaban a caballo junto al río Luján, ahí mismo, a unos metros.
—»Nos tirábamos de cabeza desde el puente, abajo había arenilla y pescábamos ahí», dice con una pizca de melancolía, mirando por las hendijas de una vieja ventana de madera de reojo ese cauce que hoy, castigado por la contaminación, ya no permite esas travesuras que alimentaban la panza y el alma cuando era un niño.
Una vida de traje y escenarios
Zoco no solo es el amigo de la familia que hoy, con Fernanda y Oscar Pozzi a la cabeza, mantiene vivo el fuego del emprendimiento. Es un artista de raza. Al acercarle el micrófono y enfrentar a la prensa, su memoria se vuelve una partitura perfecta.
Habla de la orquesta del maestro Salvador Bavastro —»el número uno de la ciudad», sentencia— y de aquellas épocas donde el tango se vestía de etiqueta: «Íbamos todos de traje, se usaba eso».
Su currículum impresiona pero no abruma, porque lo cuenta con la sencillez del que sabe lo que vale. Ganador cinco años seguidos de los Torneos Abuelos Bonaerenses en Mar del Plata («medalla de plata, de bronce y todo», aclara), protagonista del Pre-Cosquín en el 99 y ladero fundamental de «Patota» Aschero en aquellas gestas de Baradero y Cosquín a mediados de los 90 que también están en su haber.
El showman que abraza a todos
Pero lo que hace a Zoco un personaje único es su capacidad de ser puente. En estos 20 años cantando en la esquina de la calle 29 y el río, ha compartido tablas con todos. Este domingo se encontró con la hija de su viejo compañero Raúl Chena, la talentosa Flor Chena, pero siempre está con grandes figuras (por citar a algunos sólo de este año) como lo son Javier Calamaro, Zamba Quipildor o la nieta de Pugliese, Carla, de quien se deshace en elogios: «¡Cómo toca el bandoneón esa mujer!».
Maneja un humor fino, de esos que solo se consiguen con los años y las mesas compartidas. Sabe bien qué decir y dice lo que quiere a la vez. Se define como un «seco» de toda la vida, pero es rico en anécdotas. Y en talento. Cuando agarra la guitarra, su repertorio es un viaje federal: pasa por todas las provincias, le mete arreglos propios que dejan a los turistas con la boca abierta y, de repente, sorprende con un popurrí de canciones patrias o el Himno Nacional para erizar la piel con sus punteos imperfectamente sutiles y justos.
—»Después me voy para la cárcel, vivo en la cárcel», tira con ese humor notable, refiriéndose a su barrio, despertando la risa de los que lo rodean que saben que a pocas cuadras está la Unidad penal 5, hoy metida en medio de la ciudad pero otrora tan cerca del campo como La Pulpería que lo cobija.
Fue nombrado Personalidad Destacada por el Concejo Deliberante y reconocido por sus pares, como Oscar Rossello, pero a sus 82 el premio que más le importa es el que recibe cada sábado y domingo, de 14 a 18 horas, pasa la gorra pero además de unos billetes se nota que obtiene el calor del que lo valora y eso lo conserva vivo y radiante, constante, y dice que pronto se irá para Mendoza a unas presentaciones en festivales.
Su tiempo es el aplauso de los otros, su salud y vigor es el saludo de los vecinos. El eco de su guitarra rebota en las paredes de una pulpería que se niega a olvidar qué es, y se anima a abrir sus puertas en 2026 con presencias valiosamente vivas como la de este cantante y guitarrista.
Soco Larralde, en definitiva, es uno de los últimos testigos de un Mercedes que se fue, pero que sigue vivo cada vez que él aprieta un acorde y se toma el último trago de vermout con soda antes de empezar otra canción.
