
Por Ariel Dulevich Uzal
Ha fallecido el Dr. Fernando Lasala, una de las figuras prominentes de la medicina del país que, durante más de medio siglo, dejó una huella imperecedera en el ejercicio de su profesión como brillante clínico, talentoso investigador e ilustre maestro de generaciones de médicos que hoy honran su noble trayectoria con imperecedera gratitud.
«Piro» —para quienes gozamos de su amistad— ha pasado a ocupar un lugar de privilegio entre los brillantes galenos que han enriquecido la tradición médica de nuestra ciudad.
Fue Profesor Titular Consulto y Profesor Emérito de la UBA en el Hospital de Clínicas Gral. San Martín, desempeñándose como Director Adjunto de la prestigiosa institución académica. Simultáneamente, y por más de tres décadas, fue Director del Programa de Actualización en Medicina Interna de la Editorial Médica Panamericana, de proyección continental.
Recibido en 1961, inició su carrera en el «Clínicas», que se convirtió en su «segundo hogar» —como lo llamó— por más de seis décadas. A través de una dedicación y empeño ejemplares, lideró y promovió proyectos, investigaciones y programas transformadores y vanguardistas cuyo valor académico fue unánimemente reconocido por la ciencia médica, tanto entre nosotros como más allá de nuestras fronteras.
A través de una dedicación y empeño ejemplares, lideró y promovió proyectos, investigaciones y programas transformadores y vanguardistas cuyo valor académico fue unánimemente reconocido por la ciencia médica, tanto entre nosotros como más allá de nuestras fronteras.
Tuvo el virtuosismo de transmitir conocimientos y experiencias en la cátedra que sumaron voluntades a sus iniciativas y propuestas, generando colaboración y empatía. Sin embargo, la humildad y sencillez de su bonhomía lo llevaban a expresar: «Yo no hice nada solo; siempre en equipos, compartiendo responsabilidades, acompañado por valiosa gente joven».
Esa impronta de valoración de los jóvenes estudiantes con los que convivía en el aula le inspiró optimismo en un futuro resiliente, sin perjuicio de su crítica mirada a una realidad de graves carencias. «¿Cómo puede ocurrir que no haya cloacas ni agua potable, ni esté asegurada la alimentación de los chicos?». «Urge desarrollar la medicina social, que trasciende la biología y se inscribe como una ciencia social», sostenía con firmeza.
«Urge desarrollar la medicina social, que trasciende la biología y se inscribe como una ciencia social», sostenía con firmeza
Dueño de una carismática personalidad, la prolífica trayectoria médica de Fernando estuvo signada por una vigorosa sensibilidad social y un compromiso activo con valores éticos que, desde lo personal, trascendieron a su entrega profesional y le merecieron la admiración y el respeto de todos.
De ahí que su integridad lo llevara a expresar públicamente sus reparos críticos, sin cálculos ni concesiones, ante los que juzgaba disvalores en el campo de la atención de la salud.
Dijo Lasala: «Hay que rescatar la virtuosa relación médico-paciente; no se puede atender al paciente a través de una computadora». «Hoy se cree más en la tecnología que en el razonamiento crítico», sentenció.
«Tampoco —afirmó— se debe ser tan influenciable con la industria farmacéutica». ¡Cuánta vigencia guarda esta aseveración ante los tarifarios inaccesibles que imponen sin control alguno los laboratorios a los medicamentos!
Solidarizándose con los colegas, expresó su preocupación por el deterioro de la «relación médico-paciente como secuela de carencias socioeconómicas; pues los tiempos de atención son escasos y el médico —enfatizó— se ha convertido en la variable de ajuste de todo el gasto en atención de salud».
Mercedino nativo, perteneciente a una arraigada familia, fue su madre una muy apreciada maestra y su padre un prestigioso abogado, conspicuo dirigente del socialismo que presidió el órgano nacional del partido.
Su formidable vocación por el estudio y el conocimiento lo llevaba a reducir necesarias horas de sueño. En ocasión de una de mis frecuentes visitas a su casa, su señora, mi muy querida amiga —también mercedina—, se quejaba conmigo de que Piro se quedaba estudiando hasta la madrugada, descansando poco y nada. Y esto ocurría ya cuando Lasala era un consagrado clínico con ocupaciones y agenda muy ajustada.
No sería fiel en esta muy sentida reseña si omitiera poner de resalto la significación trascendente de Josefita Quintana —su esposa amantísima—, que en más de seis décadas de feliz matrimonio le prodigó un apoyo de plena contención familiar junto a sus hijos —y hasta logística, que todos conocimos como alma de su consultorio—, que Piro destacó amorosamente siempre.
Mercedino nativo, perteneciente a una arraigada familia, fue su madre una muy apreciada maestra y su padre un prestigioso abogado, conspicuo dirigente del socialismo que presidió el órgano nacional del partido. Gente magnífica que tuve el placer de conocer estrechamente. De su madre reconoció, en una entrevista periodística, haber heredado su «muy fuerte vocación docente». Mientras que, tantas veces conversando conmigo, le atribuía a su padre haberle transmitido su pasión por la política. Si bien jamás militó en partido alguno, fue Lasala un ciudadano comprometido con el quehacer cívico; republicano auténtico y demócrata cabal; tolerante y respetuoso del pluralismo cívico, que repudió todo régimen autoritario y los extremismos absolutistas que denigran la condición humana.
Víctima de una grave enfermedad, la templanza, fortaleza interior y su sapiencia científica lo llevaron a ser su propio oncólogo y le permitieron ralentizar por años el incurable mal. ¡Genio y figura! ¡Médico al fin!
Transitamos con Piro experiencias compartidas durante toda la vida. Mercedinos de la misma «clase» 1937 —como se decía cuando había «conscripción»—, cursamos juntos la feliz etapa de la estudiantina —él en el Colegio Nacional y yo en la Escuela Normal, dos templos de la magnífica educación pública—; participamos de los mismos amigos juveniles y fuimos ambos hijos de padres militantes que nos «marcaron» cívicamente en ideales de libertad, igualdad y profundo humanismo que generaron la entrañable amistad que nos unía.
Víctima de una grave enfermedad, la templanza, fortaleza interior y su sapiencia científica lo llevaron a ser su propio oncólogo y le permitieron ralentizar por años el incurable mal. ¡Genio y figura! ¡Médico al fin!
¡Un grande de corazón! La generosidad de su espíritu y las conquistas de su brillante talento serán recordados con admiración y unánime agradecimiento en la evocación sin final de su amada memoria.
Ariel Dulevich Uzal es mercedino y ex subsecretario de Turismo de la Nación
