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«Dios Mío», o el rostro humano de Dios

Ana Gov fue una de las voces más importantes y agudas del teatro israelí contemporáneo. Entre su variada producción pueden mencionarse Mejores amigas, donde analiza los lazos de amistad femeninos; Lysístrata 2000, una reinterpretación moderna y feminista de la obra clásica de Aristófanes; Final Feliz; y ¡Dios mío!, que el 17 de mayo se presentó en La Sala, interpretada por Gabriela Florella y Ricardo Boffi.

«¡Dios mío!» se sitúa en el consultorio de una psicóloga que espera a un paciente que solicitó ser atendido con urgencia. Al llegar, el visitante se presenta como Dios. La psicóloga reacciona con sorpresa y escepticismo, y procura desestimar el encuentro. Sin embargo, él insiste en ser atendido, lo que da lugar a un diálogo que oscila entre el humor y la tensión dramática.

Así planteada la acción, se inicia un diálogo en el que la psicóloga parece ubicarse en un lugar de racionalidad, control y distancia clínica; sin embargo, a medida que este avanza, comienza a perder esa seguridad.

El encuentro la descoloca, ya que las explicaciones lógicas no alcanzan para sostener la postura del interlocutor que afirma ser Dios. Esto la obliga a abrirse, a escuchar de otro modo y a revisar sus propias certezas.

Dios, por otro lado, también se transforma: comienza como una figura ambigua y “en crisis”, pero a medida que avanza la acción se vuelve más cercano, más humano e incluso casi dependiente del otro. Esta humanización no es solo una idea previa, sino un proceso que se construye en escena.

No hay grandes acciones externas: el conflicto se desarrolla a través del diálogo. Sin embargo, lejos de tornarse monótono o pesado, la autora intercala momentos irónicos y absurdos que rompen con la posible solemnidad religiosa.

Dios deja de ser únicamente “el creador”; su agotamiento puede leerse como un reflejo del agotamiento humano y pasa a representar la fragilidad de la condición humana.

En síntesis, los dos personajes no son estáticos, sino que se van modificando a lo largo del intercambio, hasta llegar a un punto de crisis en el que la tensión parece no tener retorno.

Las actuaciones
Gabriela Florella supo dar vida a una psicóloga que atraviesa un arco de sentimientos diversos: desde la incredulidad inicial, pasando por el escepticismo burlón y la ira atea que enrostra a Dios, hasta una escucha reacia que, poco a poco, se va tornando comprensiva y asertiva. El diálogo se introyecta en ella, transformándola y llevándola a una situación inusual dentro de su profesión.

La ductilidad actoral quedó reflejada en cada gesto, cada parlamento y en los momentos de mayor tensión dramática de la pieza.

Ricardo Boffi ha interpretado numerosos personajes, con la capacidad de generar tanto humor como emoción. En este caso, el “Dios” de la obra se presenta como un personaje complejo, en el que se condensan múltiples dimensiones humanas, lo que puede entenderse como uno de los mayores desafíos de su carrera.

Sin embargo, Boffi sostuvo la ambigüedad del personaje con una actuación contenida pero expresiva, no solo en el decir sino también en la gestualidad, elemento clave en su construcción, destacándose la variedad de registros que atravesó a lo largo de la obra, en especial en los momentos de mayor intensidad dramática.

Ricardo Boffi ha interpretado numerosos personajes, con la capacidad de generar tanto humor como emoción. En este caso, el “Dios” de la obra se presenta como un personaje complejo, en el que se condensan múltiples dimensiones humanas, lo que puede entenderse como uno de los mayores desafíos de su carrera.

En síntesis, «¡Dios mío!» constituye una propuesta teatral de gran densidad reflexiva, sostenida por un texto inteligente y por actuaciones notables.

La dirección de Darío Brenna logró traducir escénicamente la complejidad de la obra de Ana Gov, dando lugar a una puesta que interpeló al espectador, desde lo emocional hasta lo filosófico.

El resultado fue una experiencia teatral profundamente conmovedora, capaz de permanecer en la memoria del público mucho tiempo después de finalizada la función.

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