
En la vorágine de la era digital, suele instalarse una premisa tan apresurada como falsa: quien no está scrolleando en TikTok se encuentra fuera del mundo, desinformado o atascado en el pasado.
Tras la bisagra histórica que significó la pandemia por el COVID-19, muchos vimos acelerarse la desaparición de los tradicionales comunicados de prensa y la extinción progresiva de las conferencias abiertas. Todo fue devorado por una comunicación efímera, donde la síntesis extrema se disfraza de verdad. Pero cabe preguntarse si condensar la complejidad del mundo en videos de quince segundos (o cinco, en el más extremo y común de los casos) nos hace personas realmente informadas o simplemente consumidores de un espejismo banal y doloroso que solo pudo imaginar Borges a modo de su aleph.
Todo fue devorado por una comunicación efímera, donde la síntesis extrema se disfraza de verdad
Una comunicación genuina requiere un encuentro consciente que considere al ser humano en todas sus dimensiones: su capacidad analítica, sus emociones, su historia y su entorno. Pero más allá de los accesorios.
Es allí donde aparece el choque inevitable con el formato actual: ¿puede un contenido exitoso de TikTok referirse a algo verdaderamente esencial? La respuesta parece ser rotundamente negativa cuando lo masivo hoy premia la estridencia, no lo sustancial.
¿Y qué es lo esencial? La naturaleza, por ejemplo. Aquella matriz vital que, como humanidad, nos esforzamos paradójicamente en destruir en lugar de construir condiciones para su supervivencia.
¿Puede un contenido exitoso de TikTok referirse a algo verdaderamente esencial? La respuesta parece ser rotundamente negativa
Frente a la degradación planetaria no alcanzan las vanas consignas virales ni los carteles bien intencionados sobre el reciclaje. Seguimos sin ser conscientes del impacto que genera nuestro consumo desmedido de bienes no esenciales: una huella que llena la Tierra de toxicidad y de materia muerta incapaz de reincorporarse al ciclo de la vida.
Los periodistas sabemos que no tenemos respuestas al cambio climático como problema y lo sufrimos.
Pero como humanidad (bien puesto el sustantivo colectivo?) nos escandalizamos en redes, mientras avalamos que la solución sea esconder el problema en «Puntos Nemo» —esos rincones remotos del océano donde la geopolítica decide arrojar la basura espacial lejos de la vista de los continentes, convirtiendo a nuestra casa común en un depósito de residuos silencioso.
Frente a esta anestesia indeseada pero presta, algorítmica, el verdadero periodismo cobra un valor irremplazable.
La prensa existe precisamente para construir un conocimiento global, trazando puentes indispensables que van desde la realidad del plano local hacia la escala planetaria. Es el puente entre el vecino y el mundo.
Sin embargo, quienes hacen periodismo profesional enfrentan hoy una degradación constante. Se los expulsa de las discusiones clave, se les niega el acceso a los ámbitos donde se toman las decisiones y se los invisibiliza activamente.
Se fomenta un discurso común de desinformación que descentraliza la realidad para desplazarla hacia la falsedad
En su lugar, se fomenta un discurso común de desinformación que descentraliza la realidad para desplazarla hacia la falsedad, inundando el ecosistema con noticias falsas teledirigidas y operaciones de una sigilosa pero implacable censura.
No, no estar en TikTok no es estar desinformado. Desinformarse es renunciar al pensamiento crítico, aceptar el espectáculo empaquetado y dar la espalda al otro que en este caso está enfocado hacia adentro, a quienes trabajan diariamente para contar lo que realmente importa.
Defender a la prensa libre e independiente no es defender a una industria: es defender la capacidad de ver, leer e interpretar la realidad sin filtros.
¿El que no usa TikTok está desinformado?
La respuesta podría darla la próxima plataforma.
Cristian Falabella es periodista digital, editor y docente en Comunicación, responsable de Noticias Mercedinas
