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Cuando la magia se hace guitarra: Inolvidable recital del maestro Osvaldo Wilches en La Sala

Cada vez que las luces de una sala de teatro se apagan, una suerte de tensión recorre la platea. Es la expectativa que precede al instante en que el artista se adueña del escenario.

El 17 de octubre, en el teatro La Sala, se vivió uno de esos momentos especiales cuando el maestro Osvaldo Wilches se presentó acompañado por su compañera de toda la vida: la guitarra.

El recital comenzó con obras clásicas que abarcaron desde el Renacimiento hasta el clasicismo de Beethoven, con su célebre Para Elisa.

Más adelante, el maestro abordó nuestro folclore con una expresiva interpretación de Preludio y Danza, de Eduardo Falú.

Promediando el concierto, se sumó el primer invitado de la noche: el excelente charanguista Gustavo Bojorge, con quien interpretó fragmentos de la Misa Criolla, Cueca de la Frontera, de Ariel Ramírez, y otras composiciones.

El programa continuó con una sorprendente variedad de géneros y estilos, desde Yesterday, de los Beatles, y La Bestia Pop, del Indio Solari, hasta Bésame mucho, de Consuelo Velázquez, abordados con idoneidad y buen gusto.

En cada interpretación, Wilches puso de manifiesto no solo su excelencia como ejecutante, sino también su notable capacidad como arreglador. En algunas obras resolvió con ingenio las dificultades de trasladar a las seis cuerdas las distintas voces de una orquesta, estableciendo un verdadero diálogo musical.

Durante la presentación, el maestro convocó al escenario a Damián Tessore, productor del recital, quien lo acompañó con el bombo en algunos temas, entre ellos Paisano Tego, composición del propio Wilches cuyo título recuerda el sobrenombre con el que llamaban a su padre. Tessore expresó que aquella noche constituía un homenaje a un músico extraordinario, cuya trayectoria se distingue por la excelencia.

Uno de los momentos más relevantes del concierto fue la magistral interpretación de un malambo de Atahualpa Yupanqui, en la que Wilches desplegó toda su destreza instrumental.

Con su habitual simpatía y predisposición, el maestro invitó al público a solicitar algunas obras de su preferencia. Entre ellas se destacó, sin duda, la Marcha de San Lorenzo, cuya interpretación volvió a poner en evidencia su extraordinario dominio de la guitarra.

El tango tampoco podía faltar y estuvo presente a través de Malena, Sur y una magnífica versión de Libertango, de Astor Piazzolla.

Hacia el final del espectáculo, fue convocado al escenario Oscar Rossello, destacado intérprete mercedino, quien expresó su emoción por participar del concierto y su profunda admiración por Wilches. Juntos interpretaron Mi zamba, composición del propio Rossello, y Chacarera del rancho, de los hermanos Ábalos.

El cierre reunió a todos los artistas participantes en una obra emblemática de nuestro folclore: Luna tucumana, de Atahualpa Yupanqui.

Fue un momento mágico en el que intérpretes y público se unieron en la liturgia de una noche única, donde se fundieron la emoción y la excelencia musical.

El célebre guitarrista Andrés Segovia dijo alguna vez que «la guitarra es una pequeña orquesta. Es polifónica. Cada cuerda es un color diferente, una voz diferente».

Y fue precisamente esa riqueza sonora la que el público pudo experimentar a lo largo de una noche inolvidable, gracias al talento de un gran artista: Osvaldo Wilches.

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