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Apuntes mentales de un paseo por el parque

Un árbol caído ofrece su tronco como respaldo a una pareja de adolescentes. La regadora perfuma el aire con tierra mojada y el agua, cayendo como una lluvia, me confunde con la corriente del río y con la pequeña cascada a la altura de la pasarela. Un conductor estaciona en la zanja y tres chicos apurados saltan del auto y corren hacia los juegos nuevos del parque viejo. Juegos coloridos, modernos y tan de Capital, que parecen haber sido puestos en helicóptero.

Un atleta con auriculares no puede escuchar el silencio de la naturaleza. Más allá, una familia pasea arriba de una motito destartalada y en una mesa, un poco más acá, padre e hija toman mate. Desde un auto suena una versión folclórica del tema “Mi viejo”, de Piero. Un pibe toca una guitarra y repite los mismos tres acordes.

Es un miércoles de invierno y el parque, salvo estas excepciones, está desierto.

Cuando era chico despreciaba el parque porque era nuestro. Todavía se veían chicos bañándose en el río y otros tirando la caña. Eso era suficiente para mis prejuicios. El límite de la civilización era el alambrado del Club Mercedes. Más adelante, en la adolescencia, el muro de Berlín pasó a ser la pasarela, que antes de unir al llamado parque viejo con el parque nuevo, separaba a la gente: los que nos creíamos parte de un nosotros, en el parque nuevo, y los otros, ellos, en el parque viejo.

Todo lo que no sale en la tele sencillamente no existe, se decía hace veinte años.

Hoy lo pensamos de internet: si no está en internet, entonces no existe.

En la página argentinaturismo.com.ar nuestro parque -el parque- aparece descrito como “postal paradisíaca de la ciudad de Mercedes” y dice que “el Parque Municipal Independencia impregna de vegetación, frescura y aire puro la vida urbana”.

En la página Tripadvisor –la más consultada por viajeros– está puntuado con 4.0 sobre 5 estrellas.

Me pregunto, mientras googleo, si son necesarias las apreciaciones virtuales para revalorizar el lugar al que voy frecuentemente. Encuentro un artículo del diario Clarin de este año, en la sección de Viajes y Escapadas, que bajo el título “Un refrescante paseo” describe las bondades de nuestro parque. “Un resguardo de flora y fauna”, exagera. ¿Fauna?, pienso.

Me entero, por un artículo de Pozzi, que el parque viejo es un terreno de 14 hectáreas diseñado por el ingeniero Ortiz, que las primeras plantas fueron colocadas por estudiantes, autoridades y vecinos el día de la primavera de 1913, y que ese mismo día la Comisión de Damas –integrada por mujeres, y que había sido formada en 1911 para recaudar fondos y comprar un terreno a fin de contar con un espacio al aire libre a la vera del río Lujan– hizo entrega del terreno al intendente Ballesteros con el pedido de que fuese inaugurado el 9 de julio de 1914, como un homenaje al día de la independencia.

Ahora paseo por el parque nuevo que, al parecer, será nuevo para siempre –aunque esas 45 hectáreas hayan sido adquiridas por el municipio hace 37 años.

Me lamento de tener un celular viejo, con poca definición, incapaz de retratar ese atardecer. Con una buena cámara hubiera tenido unos cuantos likes, pienso. Y me lamento también por ser un completo analfabeto en botánica, incompetente para diferenciar una planta de otra, que la flora me resulte tan ajena. Lo llamo a Leonardo Belforte, que es el director de Espacios Verdes de la Municipalidad. Necesito saber qué tipo de plantas hay, conocerlas.

–En el parque viejo tenemos eucaliptos, fresno americano, plátanos, sófora. Tenemos algunas coníferas como cedros, cipreses. Hay algunos paraísos, hay moras, hay acacio blanco y acacio negro y hay casuarinas. En el parque nuevo, que se ha hecho una plantación con más diversidad y se ha formado montes individuales, hay montes de robles de los pantanos, hay montecitos de araucaria, álamos, monte de liquidambar. Hay ciprés calvo, algunos sauces, sóforas, moras, fresno americano, roble europeo. Hay alguna palmera, pindó, una palmera fenix canariensis… El fin de semana pasado se han plantado tala y alguna otra planta nativa.

— ¿Cuál es el criterio para plantar, Leo? ¿Y para elegir la planta?

— A veces remplazás plantas que fuiste sacando por diversos motivos. Puntualmente en esto que se plantó hace poquito, fue a raíz de un proyecto que se llama “Bosque de los Mil Días”. Hay un plan que tiene el municipio que se llama Mil Días, con el que se hace un acompañamiento a las madres que van a tener a sus hijos y se toman mil días, desde el inicio de la concepción, acompañando a la mamá y al chico en todo lo que es salud, nutrición, etcétera. Entonces por cada chico que nació dentro de ese plan, se planta un árbol. La dirección de Ambiente junto con la mía, de Espacios Verdes, decidimos el lugar donde plantar y qué árboles poner. Se apuntó por plantas nativas que andan bien en la zona y un poco para cuidar lo autóctono. También se tiene en cuenta qué uso va a tener el lugar. Si es un lugar de juego o donde va a haber gente, se elige un tipo de plantas más segura, que se desgaje menos, que se quiebre menos. En otros casos optás por plantas más decorativas, que tengan otros colores. En lugares donde necesitás que no se tape la luminaria elegís otro tipo de plantas. Son distintas variables que uno va tomando en cuenta.

Camino por el monte de araucaria –ahora puedo decirlo– y veo a tres muchachos que escuchan cumbia y toman cerveza apoyados en un auto. Detrás, otro atleta ensimismado pasa al trote bordeando el río concentrado en la respiración. Me acerco a la zona de los baños y leo en las paredes frases bien pintadas –murales– como “en defensa del arte público”, “hace lo que amás” y “todos tenemos magia”. Imperativos que tienen efectos en los artistas anónimos que dejan su marca con aerosol declarando amor: “Te amo Valen” junto a un corazón, por ejemplo. También hay huellas de amantes de distintos colegios bajo el seudónimo del año de egresado. Recuerdo haber escuchado –o leído– a Hebe Uhart decir que para conocer a los habitantes de un lugar había que leer las paredes. En Mercedes las paredes nos dicen que los chicos aman a sus colegios tanto o más que a cualquier otra cosa. Que aman a sus colegios, sobre todo, en el mes de la primavera, y que son capaces de odiar con la misma intensidad –para ratificar el amor– a los otros colegios.

El sol se va poniendo en el río y ya casi no queda nadie. Mientras menos gente mejor, pienso. No hay bullicio humano, no hay movimiento, no hay motores encendidos ni gente a quien saludar. No hay urbanidad que desvíe mi atención. El parque dejó de ser telón de fondo para imponerse siendo él, ahora, quien me desprecia.

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