Inicio Una mirada de la ciudad El boom de la cerveza artesanal: ¿moda o cultura?

El boom de la cerveza artesanal: ¿moda o cultura?

Todo está como al principio. Es domingo a la mañana y las mesas están impolutas con sus sillas alrededor. Todo está limpio: la calle de piedras, la plataforma de cemento, el pasto primaveral y la tierra pelada. La tierra limpia, podemos decir. Limpia de vasos, de colillas de cigarros, de papeles, de restos de pan. Todo luce como si no hubiera habido un sábado de multitudes disfrutando del 2do Festival de Cerveceros Mercedinos.

Es domingo y el parque despierta sin resaca.

Los stands de artesanías se desperezan y levantan los toldos, las parrillas empiezan a humear y los cerveceros acomodan los puestos con una energía que sólo se explica por la satisfacción.

Federico, parte del trío que lleva adelante la cerveza DAF 259 no puede contener la felicidad del principiante, de quien la vive por primera vez.

— Hoy arrancamos a las seis de la mañana, estamos rotos. Al ser nuevos no tenemos muchos barriles y tuvimos que trasvasar, pasar. Ahora estamos carbonatando, le estamos metiendo en CO2…

Al ver mi cara fruncida que evidencia ignorancia en el tema, Federico cree conveniente explicitar el proceso:

— Es para que salga con espuma. Esto viene todo de una cámara de frío… vení, pasá que te muestro. ¿Ves? nosotros compramos estas máquinas importadas que trabajan a la temperatura que vos le pones. Esto tiene todo hielo y la cerveza pasa por… ¿cuántos metros de serpentina tenemos? –le pregunta a su compañero que carga un vaso para hacerme probar–. Eso, dieciocho metros de serpentina.

— ¿Ese cañito –refiriéndome a la serpentina– las enfría?

— Exacto, y ahí sale en cero grados, un grado.

— ¿Cómo surge el emprendimiento? Me decías que están por primera vez…

— Sí. Ésta es nuestra salida al público. Veníamos con buenas producciones para amigos y ahora queremos que salga para todos. Yo hice un curso gratuito que ofreció la municipalidad. Me gusta anotarme y aprender cosas nuevas y me gusta tomar la birra, sobre todo. Un día me llamaron los chicos y me preguntaron si me interesaba y ahí nos pusimos a cocinar juntos. Empezamos haciendo algo chico y se nos fue de las manos –dice lleno de orgullo.

— ¿Quisieron que se les fuera de las manos?

— Un poco sí, quisimos. Pero se nos fue más de lo que queríamos en pedidos, en demanda. Y bueno, dijimos, vamos a hacer un carrito y terminamos haciendo esto –como quien corre el velo que oculta un experimento, Federico extiende el brazo y “me presenta” el carro devenido bar de cervezas–. Este era un carro de caballo, se desarmó y se armó todo de cero. Un laburo bárbaro.

Los empleados municipales se multiplican, se acerca el horario de apertura. Algunos cruzan cintas atada a los árboles para direccionar el estacionamiento, otros continúan con la limpieza. Hay un sector de hidratación gratuita que está ultimando los detalles. Los inflables, en la zona de juegos infantiles, aún descansan expandidos en el pasto, pero eso no impide que los chicos jueguen encima y se tiren sobre la lona.

En el puesto de la cerveza Bretonia alguien dice “ahora lo llamo a Andy, él es el que mejor habla y se encarga de la prensa”. Por primera vez en la vida me nombran prensa. Me gustaría aclarar que no soy periodista, que no me atrae la carrera pero sí el oficio. En fin, es largo de explicar.

Andy se presenta. Lleva anteojos negros que ocultan sus ojos claros.

— Arrancamos con el primer proyecto en Tomas Jofré, llamado Gulliver. Era tipo un centro cultural donde venían a tocar bandas y en paralelo surgió el primer emprendimiento cervecero. Empezamos con dos canillas y después pasamos a cuatro e íbamos alternando la cerveza. Eso era un bar de temporada que funcionaba de septiembre a marzo. Después decidimos poner un bar en Buenos Aires, a la vuelta de plaza Serrano, que hasta hace seis meses estaba abierto.

––¿Cómo surge la idea del festival?

–– Esto surgió buscando consenso con los cerveceros mercedinos. Con los chicos de El Triángulo, de Luperca, los de 6600 y Scheitler que son los pioneros en esto de la cerveza en Mercedes. Con ellos conformamos una asociación a que le estamos dando forma. Tratamos de generar la cultura cervecera en Mercedes. Este año se sumaron los Home Brew que son los cerveceros principiantes que arrancan en el fondo de su casa, como se dice. Hay un montón de chicos que entendieron que este boom cervecero que se da en la Argentina, no es una moda sino una cultura, y se involucraron. Nosotros hacemos esto con amor y eso la gente lo entiende. La cerveza artesanal tiene que ver con hacer el mejor producto posible y no con ajustar los costos.

Los productores mercedinos buscan mejorar la calidad de la cerveza y no escatiman en comprar insumos importados. Se capacitan y la mayoría va en camino a profesionalizar la actividad sin necesidad de otros ingresos. Le ponen el cuerpo y empujan el trabajo como se empuja un carro, con las fuerzas del espíritu. Los espacios para la distribución y la comercialización suelen ser los eventos y las redes sociales ¿Es acaso la instancia más “amateur” del proceso? ¿Es una manera de abaratar costos para no tener que ajustar sobre la calidad del producto? ¿O son canales de la época para buscar al cliente?

Francisco Scheitler es uno de los pocos cerveceros que tiene su propio local. Quizás por ser el de más trayectoria en el rubro, o quizás que haber comenzado con el negocio cuando internet era más una promesa que una realidad.

–– Hace 17 años que ya estamos elaborando y somos la primera cerveza de Mercedes y nace como una manera de continuar una tradición familiar, como hobby. En Alemania mi familia hace cerveza. Todos hacen cerveza allá, en una época se hacía concursos entre familias amigas a ver quien hacía la mejor cerveza. Antes de abrir la cervecería en Gowland distribuía toda la producción en la zona turística de Entre Ríos, llegábamos hasta el Chajarí y cuando abrimos la cervecería se nos empezó a complicar para atender todo y tuve que dejar esos viajes que en parte era trabajo y en parte mini vacaciones. Yo iba a distribuir y me quedaba unos días. Hacía termas, pesca, y volvía. Era el combo perfecto.

––¿Cómo está el negocio ahora?

––Nosotros la vamos llevando, pero está más complicado. Pero bueno, nosotros estamos armando un local nuevo camino a Tomas Jofré, una chacra hermosa de una hectárea toda arbolada. Ya casi está listo el lugar, falta trasladarnos.

–– Creció mucho el festival en relación al año pasado, ¿no?

––Sí, muy lindo festival, cada vez mejor organizado. Este año somos catorce cerveceros y vamos a seguir creciendo poco a poco. Cuando hay cerveceros nuevos nosotros nos encargamos de visitarlos, de ver cómo se elabora, de asesorarlos, porque es un alimento. Se los apoya a los chicos, se hacen charlas e  inclusive tenemos un grupo de Whatsapp y estamos conectados con los Home Brew para cualquier duda, cualquier ayuda. Es común ver en la semana a alguien que le falta una malta o algo y ahí estamos apoyando. Yo recién acabo de traer un tubo de CO2 para un colega que se le había terminado. Siempre hay problemas que surgen y por ahí, si no tenés experiencia, no te das cuenta. Es un lindo grupo y nos vamos dando una mano.

Los cuatro motores que le dan vida al barco pirata se empiezan a escuchar y la lona crece, como crece la ansiedad del grupito de nenes que hacen fila para entrar. “¿Querés ser mi amiga?” le pregunta una nena a otra al ver que el resto de los chicos son varones.

Un peluquero le ofrece un espejo de mano al chico que está envuelto en una manta. Un rayo de sol hace brillar al membrillo de una pasta frola, y una pareja elige cerveza en el puesto de 6600.

Me acerco al sector de los Home Brew y pienso que un rato antes no sabía lo que era un Home Brew y creía que la serpentina eran las tiritas de papel que se tiran en la cancha.

Fernando Bustos es uno de los Home Brew y su cerveza se llama Birmania.

––Yo cocino hace cuatro años. En mi caso estuve laburando en Mar del Plata desde hace tiempo y allá hay una movida cervecera tremenda. Ahí empecé con los cursos. Ahora estamos organizados con los chicos –los Home Brew– y de a poco vamos tratando de mejorar la birra. Te invito a probarla, es de primera. Tanto esta como las otras que están acá son de primera.

Elijo una Stout y Nicolás, el amigo que le está dando una mano, me sirve un vaso.

––Es muy rica –digo con la incapacidad a cuestas de poder argumentar.

––La vendemos en eventos, cumpleaños, casamientos y redes sociales. Estando acá vendimos para un casamiento y un pibe nos pidió para un sindicato. Yo lo tomo como un hobby pero le estoy dando cada vez más de rosca de negocio.

––¿Por qué le pusiste “Birmania”?

––Me gusta mucho la bandera del país de Birmania. Además jugaba con el doble sentido de la pronunciación: beer manía.

Una chica se sienta en el centro del escenario con un acordeón en las faldas. Canta como si estuviera pidiendo permiso y la dulzura de su voz envuelve el predio. La gente se percata de lo que está pasando y esa chica deja de ser anónima. Ahora se acercan de distintos sectores apuntando con el celular. Nadie se lo esperaba, pero Julieta Venegas está probando el sonido. Pasa del acordeón al ukelele. Una canción con cada instrumento. Todo está en orden. Finalmente se sienta al piano y toca Cinema Verité, de Serú Girán. Se ríe, está sorprendida de la gente que la filma, que la aplaude, que le grita.

Se despide con un “gracias, público de prueba. Gracias Mercedes. Los espero a todos esta noche”.

Alan mira de costado desde su puesto de cerveza Underground. Está solo, sentado detrás de dos canillas, y se muestra un tanto distante de los acontecimientos.

––Hace siete y ocho años que hago cerveza, pero llevo muchos más años de lectura, de la parte teórica. Empecé a vender hace cuatro o cinco y ya tengo una cartera de clientes de cincuenta personas aproximadamente a las que todos los fines de semana les hago la reposición. Es la primera vez que vengo a un evento a mostrar la marca. Vine porque me insistieron varios en que venga a mostrar el producto. Así que armé algo para mostrar parte de lo que tengo, porque traer todos los estilos era imposible. No tengo logística ni infraestructura para montar.

Alan es un estudioso del tema y tiene muchos amigos cerveceros que viven en Bariloche a quienes les envía su producción para que la critiquen y seguir aprendiendo. Cuenta, como un docente, aspectos técnicos. Habla del agua de Mercedes, de aparatos que miden la temperatura. Me da a probar y mientras tomo describe el tipo de cerveza que tengo en la mano.

No es el speech del vendedor. No tiene interés de agrandar su emprendimiento, sólo lo hace por gusto, por pasión, y por eso reconoce que se maneja fuera del sistema.

––No tengo redes sociales. Tengo un celular, si querés te lo doy –2324647090– La gente puede llamarme por whatsapp y arreglamos la entrega.

Empieza el show. Botija Mujica es la primera banda del día. La gente se va arrimando y se amontona en los pocos metros de sombra que ofrece el escenario. Algunos se sientan en los fardos, otros toman mate. Hay aplausos. La música rioplatense de la banda genera un contagio inevitable.

Carlitos apoya su cerveza y se pone a bailar. Tiene una remera desgastada de “Patricio Rey y los Redonditos de Ricota”. Sacude las manos como si se las estuviera secando y simula ser un murguero. Uno de los cantantes lo saluda, lo felicita por sus pasos y la gente sonríe. Todos conocen a Carlitos. Carlitos es uno de los mercedinos que no necesita apellido.

Cerca de la cancha de rugby se ve una hilera infinita de autos que buscan estacionar. Una procesión de personas viene caminando desde la entrada. Lo que está pasando este fin de semana en Mercedes excede al fenómeno de la cerveza artesanal. Quizás se trate de una moda, quizás no. En cualquier caso –y parodiando el slogan de una cerveza– lo que se está haciendo costumbre en Mercedes, es el encuentro.

Ya nadie descansa en los puestos de cerveza. Todos trabajan, todos atienden, todos consumen, todos disfrutan de todo.

Todos ganan.

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