Inicio Una mirada de la ciudad “Empecé a escribir antes de aprender a escribir”

“Empecé a escribir antes de aprender a escribir”

Si pensara en un documental la primera escena es la del accidente.

Año 1999. Estamos a las puertas del nuevo siglo, del nuevo milenio, del mundo nuevo. El auto choca y el mercedino Juan Guinot –un exitoso y joven ejecutivo de una de las empresas más grandes del país– se arrastra hasta alejarse unos metros del auto que ahora es chatarra. No piensa en cómo estará su cuerpo debajo de la piel sangrante, no piensa en las posibles fracturas o contusiones, no piensa si el seguro del auto está vigente, no piensa en cómo sucedió, no piensa en qué pasará con el Máster que está terminando, tampoco en la oportunidad certera de irse a vivir al exterior. Lo primero que piensa, dentro de ese cuerpo machucado y moribundo, es: “No escribí, no armé una familia y no tuve un hijo”.

— Yo empecé a escribir antes de aprender a escribir: con dibujitos. A las historias las tenía en la cabeza de lo que dibujaba y después le agregaba las burbujitas con onomatopeyas. A los quince, dieciséis años, empecé a escribir poesía y publicaba cosas en el diario La Hora de Mercedes. En casa se valoraba mucho el acto de escribir. Nunca había crítica ni risas porque me gustara escribir.

El documental no será una biografía lineal, avanzará con flashback y saltos al futuro. Veremos rápidamente cómo Juan termina el secundario y se va Capital a estudiar Administración en la UBA en primer lugar, y una vez terminada la carrera, Psicología Social. La escritura, en ese tiempo, es un juego, no una posibilidad. Todo transcurre muy rápido. Empieza a trabajar freelance en una consultora de Marketing. Nada distinto, hasta acá, de las vivencias de miles de estudiantes.

Pero un día –siempre habrá “pero un día” en este documental– conoce a uno de los escritores argentinos más influyentes y controvertidos de los últimos cincuenta años: Rodolfo Fogwill.

— Un poco antes de entrar a Arcor lo conocí a Fogwill. Yo hacía horas freelance en una consultora de marketing y él era asesor ahí. Esa cercanía me motivó mucho, si bien Fogwill era implacable y no se le podía mostrar nada porque te lo destrozaba, él me compartía muchos manuscritos. Vivíamos a la vuelta, yo iba a tomar mate a la casa de él, él venía a la mía.

— ¿Sabías quién era? Quiero decir, ¿Habías leído algo de él en ese momento?

— No, no lo había leído hasta ese momento. Él me regaló algunos de sus libros. Un día me animé a mostrarle algo y fue durísimo y dejé de mostrarle.

— ¿Duro cómo?

— Duro en el sentido de que decía “todos quieren escribir, nadie lee”. Ese tipo de comentarios. “No escribo más”, me dije, y empecé a leer.

Fogwill logró en la literatura argentina un escalón más que un extenso y aburrido curriculum en Wikipedia. Fogwill logró un estilo, un sesgo inconfundible que lo distingue. Un modo: el modo Fogwill.

La escritura, en la vida de Juan Guinot –al igual que este documental– fue dándose siempre de la mano de ciertos momentos providenciales; un encuentro, un consejo, algo dicho por alguien admirado.

— En el año 2002, creo que fue, le mando unos textos sobre Mercedes que había escrito y me contesta “bienvenido al mundo de la literatura, te espero en casa el lunes a las cinco de la tarde”. Yo fui pensando que me iba a corregir o algo de eso. Pero el tipo estaba acelerado como siempre, armó el mate y hablamos de cualquier cosa. Nosotros teníamos muchos temas, teníamos vida compartida, éramos amigos. Pero no me decía nada de lo que le había mandado y al final lo que hace es decirme “leete esto” y tenía separado los tres libros de Felisberto Hernández. Me los llevé, empecé a leer, y ahí empecé a entender el código de Fogwill. Es decir, no le interesaba hablar de cómo yo escribía, sino que escriba. Después le pregunté si daba talleres y me dijo que no, que para eso hay que ser un maestro y que maestro era Laiseca. Así que fui con Laiseca.

El documental haría una asociación entre los talleres con Alberto Laiseca y la producción literaria. Una sucesión de imágenes con música de fondo, similar a la que vemos en Rocky I, cuando las escenas oscilan entre el duro entrenamiento propinado por el viejo Mickey, las peleas ganadas hasta llegar a la cumbre –la pelea por el título–, y el espacio cada vez mayor en las noticias de los diarios. Las escenas se alternan a una gran velocidad y en cuestión de minutos vemos el ascenso de ese boxeador ignoto italoamericano hasta la cima, enfrentarse con Apollo Creed, y la portada en los principales medios.

Aunque no hay una sincronía temporal entre los talleres con Laiseca y las publicaciones literarias –casi nunca coincide el tiempo de escribir con el tiempo de publicar– podemos imaginar esa secuencia como tiempo de siembra y tiempo de cosecha. Entonces las escenas de Juan en el taller del viejo Laiseca se alternan con su primera novela “Pueblo vecino”, con la publicación en España de la novela “2022 – La guerra del gallo” (finalista del premio Celsius en la Semana Negra de Gijón en el 2012, año en que fue adaptada a obra teatral y llevada a escena en Capital Federal), con la publicación de la novela “Descenso brusco” en el 2014, con el primer premio Sigmar a su novela juvenil “Chacharramendi” en 2015, con su faceta cuentista en diversas antologías en España y en muchos países latinoamericanos y con la publicación de “Misión Kenobi” en el 2018 (novela juvenil).

Un running interesante hasta llegar al presente: la novela para adultos “33 RPM” (escrita en los primeros años con Laiseca y pronto a publicarse en Argentina por la editorial “También el caracol”) y la novela juvenil “Perico Carpio” que se publicará en España tan pronto como pase la pandemia. Mientras tanto, mientras escribo esta estructura del documental, la página contenedor-digital.buenosaires.gob.ar publica el audio del cuento “Hiromu” –que ya había sido publicado en una antología del Ministerio de Educación– que evoca su Mercedes natal.

Planteo contra fáctico: ¿Hubiera sido posible Fogwill, Laiseca, la producción literaria, sin el accidente?

— Ese sacudón me hizo ver lo corrido que estaba de ciertas cosas que a mí sí me interesaban, aparte de ser un ejecutivito pendejo exitoso que está en un lugar en el que todos quieren estar. Mi viejo era muy devoto de Juana de Arco y yo sentía en ese momento que no quería ser Juan de Arcor, sentía que estaba respondiendo a una camiseta. Eso me bloqueaba mucho para escribir porque sentía que me coartaba la libertad. Entonces me tomé dos años para inventar algo. Me asocié con un amigo y me fui de Arcor sin llevarme nada para armar esta aventura –un emprendimiento vigente que le permite trabajar en forma independiente en comercio exterior y priorizar los tiempos de escritura–. Cuando la cosa empezó más o menos a planear, un año después que me fui de Arcor, fue cuando Fogwill lee eso que escribí. Fogwill estaba muy enojado con que yo me haya ido de Arcor, no entendía nada. Decía que estaba completamente en pedo por haberme ido porque quería escribir, que era una locura lo que había hecho. Yo tenía 31 años y todo había sido muy frenético.

El maestro Laiseca, como lo definió el excéntrico Fogwill, no era para algunos más que el viejo bigotón que en su adolescencia contaba cuentos de terror los sábados a la medianoche por canal I-Sat. Y había aquellos que solían ganarse enemigos cuando suspendían el clima festivo de previas de música y alcohol y subían el volumen de la tele durante diez minutos. Años después muchos supieron que, además de un excelente narrador de cuentos, Alberto Laiseca era un escritor con estilo propio –quizá sea el mejor elogio a un escritor–, uno de esos tipos –como Fogwill– que exploró en las sombras de la literatura comercial y, quizás por eso, tuvo un reconocimiento tardío.

— Con Laiseca aprendí el oficio de escribir, el compromiso con la tarea, el orden, la lectura. Viéndolo a él como escritor. Él me recomendó lecturas que en mi vida había oído y me abrió la cabeza un montón. A cada alumno o alumna lo iba llevando hacia el lugar donde lo podía potenciar. No te metía en un esquema de querer que todos seamos Laisecanitos. De hecho, agarrá a seis escritores integrantes de sus talleres y no escribimos todos igual. Y logró generar un vínculo en los que estuvimos con él, que hay un respeto y un cariño enorme entre quienes estuvimos en ese momento. Nos queremos mucho, un cariño medio como hermanos. Él era muy demandante con sus cosas, en su vida, y provocaba que nos lleváramos bien para coordinar sus tareas fuera del taller. Era un tipo que había que acompañarlo a la farmacia. Era como nuestro padre, le llevábamos los remedios, lo acompañábamos. Éramos como una familia, en un punto.

— ¿Qué escritores formaban parte de ese grupo?

— En el grupo estaba Ale Zina, Leo Oyola, Selva Almada, Marcelo Guerrieri…

Ocho años duró la aventura con Laiseca. Sin embargo Juan sentía que algo en su forma de escribir tenía que cambiar. La exploración en el mundo de la escritura es infinita y la aventura de escribir, inagotable.

— No quería ir a otro taller de narrativa y quería modificar algo en la forma de escribir. Quería trabajar más los diálogos y pensé que el teatro me podía ayudar. El problema mío era la profusión de ideas. Muchas ocurrencias originales, creativas, ponele, pero no sabía cómo ralentizar las escenas. Entonces pensé en el teatro como lenguaje para eso. Así llego al taller de Tantanian, con quien estuve otros cuatro años. Meterme en ese mundo también me hizo abrir la cabeza, y ahí saqué obras de teatro, que no era lo que fui a buscar.

¿Por qué? ¿Por qué alguien elegiría escribir? Es lo que siempre me pregunto, es, en el fondo, la respuesta que perseguirá el documental, y es lo que le pregunto a cada escritor después de cinco minutos de charla.

— Cuando engancho una idea creativa vinculada a la escritura, soy muy feliz. Cuando cierro un cuento y me dan ganas de leérselo a alguien, soy muy feliz. Eso ya justifica todo. Cuando se puede publicar está buenísimo porque es multiplicar esa felicidad a más ojos. Lo que pasa es que generalmente se publica en un período mucho más distanciado de cuando tuviste ese elixir hermoso.

¿Eso es todo?, me pregunto. A veces pienso que, al igual que el amor, todos los intentos de respuestas no son más que intentos. Quizás por eso funciona, porque nunca se sabe del todo por qué alguien pinta un cuadro, por qué alguien compone una canción, por qué Juan escribe, por qué la idea del documental. Por qué el arte.

— Yo estoy de muy buen humor cuando escribo y de muy mal humor cuando no escribo. Me gusta saber que puedo inventar cosas, me hace sentir muy bien. El día cambia radicalmente cuando puedo escribir por la mañana, sino tengo un día bastante perro.

Se hace un silencio. Pienso en esa conexión emocional, en la escritura como termómetro anímico, como algo necesario.

— Algo me pasa con la escritura que me desafía, que puedo expandirme, que puedo seguir estudiando siempre, es una manera de no quedarte cómodo. Te conecta con la actitud exploradora de un niño, con la búsqueda, la toma de riesgo. Así es la escritura. Tiene que estar ese niño que pregunta, al que no le cierra nada, que conjetura para reponer lo que no se dice. Hay una gran diferencia cuando lees un texto de alguien que sabe todo a alguien que lo sabe pero escribe no sabiéndolo. Eso, no quedarme cómodo en un lugar, me da una vitalidad enorme. La escritura es mi pulso vital. Si vos me querés medir el pulso no es en las venas, es si escribo.

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