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Adiós Diego: se apaga una estrella

Aquietadas las aguas, después de la partida de Diego, me he propuesto reflexionar con la intención de encontrar una explicación a este acontecimiento que nos ha golpeado y sobre el cual percibo que me involucra.

Me pregunto entonces qué es lo que hace que hombre se meta en el alma de tanta gente y trascienda países y culturas tan distintas. La desaparición de Diego produjo una avalancha de expresiones de amor, cariño y admiración que se manifestaron en los rincones más remotos e inusitados del planeta. Todos exteriorizaron que les brindó alegrías, felicidad y admiración, por lo que lo convirtieron en su ídolo. No fueron pocos los que pensaron que era inmortal.

Se me ocurre entonces que el fútbol es algo así como la música, un idioma universal, y que Maradona empezó jugándolo de manera magistral, al punto que transcendió todos los ámbitos de la condición humana, de extremo a extremo.

En ese derrotero dio muestras –haciendo lo suyo– de un virtuosismo sin igual e inalcanzable, pero también transitó el desenfreno más impiadoso al que se puede acceder sin reservas. Es decir, jugó en los extremos de humanamente posible, aunque pienso que la virtud fue lo preponderante en él.

Querido Diego, pero si hasta yo que no soy un futbolero me perdí siestas y me agarré unas trasnochadas que ni te cuento. Primero para verte y después celebrando tus epopeyas, cuando te ponías todo el equipo encima y empujabas como un tanque y lograste siempre lo que parecía imposible. Vos formaste buena parte de la argentinidad, el orgullo argentino y por supuesto me lo contagiaste.

Cómo no se te iba a amar, si vos vengaste con altivez a tu patria, la que tanto amaste. Te recuerdo frente a los ingleses, cuando le hiciste esos dos goles enormes, de un talante que ni la más prolífica imaginación lo hubiera siquiera soñado, pero vos lo lograste.

Cómo no se te iba a amar, si vos vengaste con altivez a tu patria, la que tanto amaste. Te recuerdo frente a los ingleses, cuando le hiciste esos dos goles enormes, de un talante que ni la más prolífica imaginación lo hubiera siquiera soñado, pero vos lo lograste. El estar siempre en el lugar preciso y hacer lo que nadie creía posible hacer, eso era lo tuyo, la expresión más acabada del coraje.

Para narrar tus hazañas se hace necesario recurrir a la épica, un género olvidado, casi en desuso, pero pertinente para revivir tus proezas.

Si hasta los tanos te admiraron. En los napolitanos despertaste el éxtasis, la adoración. Cómo iba a ser de otra forma, si los liberaste de la ignominia a la que estaban sometidos por sureños y pobres; les devolviste el amor propio; los pusiste en la cumbre del fútbol europeo, lo que a ellos mismos le parecía imposible. ¿Cómo lo hiciste? A puro talento. Eso mismo que irradiaste generosamente sobre todos tus compañeros, porque vos como nadie tenías claro que eras la cabeza, pero el fútbol es un juego colectivo. Aun así, no pudiste liberarte del ángel, la distinción que era parte de tu ser.

A todos los que te denostaron por tu costado concupiscente, no les queda más que el silencio. ¿Quién puede tirar la primera piedra, sin que antes de arrojarla se le caiga de la mano? Quizás eso te hizo terrenal, te aterrizaba, porque siempre estuviste en lo más alto, por tu bonhomía y potencia futbolística.

Fuiste por el mundo, en todos lados estaban enterados de vos, antes que de la Argentina. En los lugares más recónditos por donde fuiste querían tocarte, abrazarte, besarte. Pusiste tus manos sobre los sufrientes, los segregados, los sin esperanza, los desgraciados. A todos los reviviste, los alegraste hasta el llanto. Es por eso que muchos de ellos pudieron testimoniar su agradecimiento cuando te fuiste, como forma de materializar sus sentimientos, su congoja. ¿Cómo lograste todo eso? No lo sé. No lo vi nunca antes, no lo imaginé. Pero allí está, y tu recuerdo permanecerá tatuado en la memoria de los argentinos.

A vos sí que te calzó el apelativo “genio” como a nadie. Fuiste el futbolista más grande de la historia, difícilmente serás superado.

Cuando estés frente “al Barba”, como vos le decías, comentale que estamos cerca de cumplir un año sufriendo una cruel pandemia y que ya han perecido más de un millón y medio de sus hijos. Que nos mire y actúe sobre la voluntad de los que mandan, a ver si todavía es posible cambiar algo. Dile que esto se está poniendo demasiado injusto. Que no nos estamos amando los unos a los otros. Que estamos ejerciendo acciones desmesuradas sobre la naturaleza y que, de seguir así, nuestro destino será espantoso.

¡Díselo! A vos te va a escuchar.

¡Gracias Diego! Que descanses en paz.

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