Inicio Opinion El hilo de la memoria: Adiós a Lila y Camilo

El hilo de la memoria: Adiós a Lila y Camilo

A veces quiero sentir que en mi Mercedes natal el tiempo está detenido; que nadie puede morir, que todo estará siempre igual.

Y de pronto, en estas benditas (o malditas, no lo sé) redes, aparece así, de la nada, la noticia de un terrible accidente que se llevó la vida de Lila y Camilo. La verdad, me dejó temblando el alma.

Desde la distancia, Virginia Altube evoca la figura de Lila, la mujer que trajo el rito de la Pachamama a la ciudad, y lamenta la trágica partida de una madre y su hijo que dejaron una huella imborrable.

Siento la necesidad de compartir, a la distancia, mi recuerdo. En el año 2012, junto a Marilina Erramuspe, realizamos un ciclo de peñas en El Limonero —cuando estaba en la esquina de 36 y 25— con la complicidad de Pablo Russo, siempre dispuesto y hospitalario. En el marco de ese ciclo, se nos ocurrió celebrar a la Pachamama en el mes de agosto, como corresponde. Allí apareció Lila, con todo su bagaje cultural hecho vida.

Todo fue maravilloso desde las reuniones previas. Para mí era un placer, casi diría un honor, llevarla y traerla en mi Renault 4 rojo. Nos quedábamos largo rato conversando; sobre todo yo, escuchando, porque para mí todo era aprendizaje. Era la cultura andina en la palabra sin filtro de esta querida mujer boliviana y madre, que llevaba adelante su verdulería, su empresa, y que estaba totalmente comprometida con esa celebración, la primera pública que se hizo en Mercedes.

Recuerdo en especial una reunión en El Limonero: de pronto Pablo apareció con un poco de vellón y Lila empezó a hilar con las manos. Fue mágico. Mientras hilaba, su memoria se iluminó y empezó a contar recuerdos de su Tarija, de sus padres, de su abuela… del respeto hacia la tierra y hacia una ceremonia como la que estábamos organizando. Se encargó de traer desde Bolivia las copitas de barro y la olla que enterraríamos para las ofrendas, porque todo se hizo según su tradición.

Aquel día en La Trocha —que todavía no era el Centro Cultural que es ahora— amaneció nublado, apenas lloviznando. Primero se abrió la boca de la tierra; allí llegó el querido «Mecha» Ramírez con piedras para la apacheta. En uno de los galpones se ubicaron los puestos de comidas andinas convocados por Lila. A las dos de la tarde empezamos las ofrendas guiados por ella, mientras «don Pablito», como le decía ella a Pablo Russo, iba y venía ayudando.

El primero en ofrendar, invitado por Lila, fue el entonces intendente Carlos Selva, que había ido con un grupo de funcionarios. Pero todo fue muy horizontal: mandaban Lila y la Pachamama. Más tarde llegó Raquel Pereyra con un grupo de alumnos y charangos, cantando «La Vicuñita». Seguimos toda la tarde esperando a las cholas que venían de la comunidad de Escobar con el cónsul y el grupo Samayllajta, que pidieron no cerrar la boca de la tierra hasta que ellos llegaran para poder chayar. El día terminó con una noche estrellada como pocas, todos bailando bajo ese cielo mercedino con la mirada y la voz de Lila resonando.

La última vez que la vi fue en una cena, no hace mucho, en casa de Mabel Riveiro. Fue otra noche hermosa junto a Lila y Tito Sanguinetti, compartiendo emociones, ricas comidas y retazos de nuestras vidas.

Vaya mi recuerdo para Lila, casi un homenaje a ella y a tantos hermanos y hermanas bolivianas que vienen a trabajar buscando un futuro mejor. Y también para Camilo, a quien, como muchos mercedinos, conocimos de niño (recuerdo sus charlas con Sebastián y Julieta en sus tiempos de freeveganismo).

Mi respeto enorme y mi profundo sentimiento.


Virginia Altube Capilla del Monte, 27 de enero de 2026