
Al costado del monumento que más los representa, un grupo de hombres se saluda con abrazos y bromas. Algunos llevan una insignia; otros llegan más livianos, despojados en la superficie del peso de su suerte, pero habitados por los mismos sonidos y olores de antaño. Son los «hermanos de la vida» que dejaron sus sueños de veinteañeros en las islas. Pasaron 44 años de aquel 2 de abril, y en la plaza San José de Mercedes, el aire vuelve a espesarse con el respeto que solo inspiran los héroes.
Walter Castro, integrante del Centro de Veteranos, se aleja un momento del grupo. Recuerda que, una semana antes del desembarco en 1982, esperaba la baja del Servicio Militar. El destino le tenía reservado un capítulo que lo transformaría para siempre.
“No sé cómo superé todo lo que vivimos. Mis imágenes en el recuerdo no tienen colores. En Malvinas todo es gris”, confiesa Walter detrás de sus anteojos negros, mientras ejercita la memoria para las nuevas generaciones.
Bajo un cielo encapotado que parecía solidarizarse con el clima de las islas, el acto sumó las voces religiosas del Padre Jerez y el Pastor Garrido, quienes coincidieron en que venerar a los veteranos es, ante todo, un acto de amor que trasciende credos.
Roberto Estévez, referente de los excombatientes, volvió a lanzar la frase que es bandera en la ciudad: “El olvido es la única batalla que no podemos darnos el lujo de perder”. Lo escuchaban cientos de alumnos que lo miraban con la fascinación que genera un valiente.
El descubrimiento del héroe en casa
Entre el público, Daniel Fiorebello observa a su padre, Miguel. Daniel representa a esa generación de hijos que creció bajo el ala de hombres que callaron mucho para proteger a los suyos.
Su testimonio revela el impacto del regreso y la «desmalvinización» puertas adentro: “Yo tenía catorce años cuando me enteré que mi papá había estado en una guerra. Nunca nos dijo nada”, asegura Daniel. Hoy, con la perspectiva del tiempo, se asombra de la juventud de su padre en aquel entonces: “Nunca entendí cómo con solo dieciocho años intentó disparar un fusil que no siempre funcionó. Como hijos, esto nos compromete; no podemos estar al margen”.
Las madres: el sostén del dolor silencioso
La música de Mili Vallejos, junto a Agustín Vitta y Guido Paternesi, fue el detonante de las lágrimas de Marta Chiappuzzi. A sus 80 años, Marta es el retrato de la angustia de esperar sin noticias. Recordó cómo secaba las medias de su hijo en el horno creyendo que solo iría a Campo de Mayo, hasta que el destino lo llevó al sur.
“No tenía noticias de mi hijo. Todos recibían cartas, pero yo no tuve esa suerte. Solo le pedía a Dios que volviera sano”, cuenta emocionada. Marta pasó 72 días de un dolor agridulce que hoy, 44 años después, se disuelve en el abrazo que aún puede darle a su hijo.
Un legado que se malviniza
El intendente Ustarroz destacó este vínculo entre los veteranos y los más chicos en las escuelas como el “mecanismo preciso” para defender la soberanía. Entre ofrendas florales y la presencia de instituciones como la Sociedad Rural, la CGT y el Colegio de Magistrados, Mercedes cerró una jornada donde quedó claro que Malvinas no es solo un hecho histórico: es una marca en la piel.
Así se entiende Malvinas en esta ciudad: gratitud para los que volvieron, custodia eterna para los que quedaron como centinelas y un respeto sagrado para las familias que, como los Fiorebello o los Castro, sostienen la historia aunque duela en el alma.



























