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La insoportable rareza de un presidente honesto

Por Mariano Bermúdez

Hay palabras que sobreviven en los discursos pero parecen haber abandonado la vida pública. Decencia. Honor. Servicio. Austeridad.

Las pronunciamos todavía. Aparecen en campañas electorales, en declaraciones solemnes y en los actos oficiales. Sin embargo, producen una sensación extraña, como esos objetos heredados que conservamos en una repisa. Sabemos lo que representan. Recordamos el valor que tuvieron. Pero hace tiempo que dejaron de acompañar nuestra vida cotidiana.

Tal vez por eso la Argentina mantiene una relación singular con algunos de sus mejores hombres. Suele descubrir su valor cuando ya pertenecen al pasado. Entonces llegan los homenajes, las placas de bronce, los aniversarios y los discursos. El reconocimiento aparece cuando ya no existe el riesgo de que esas personas vuelvan a incomodar al presente. Es una forma extraña de admiración: la admiración que llega tarde.

Hay fechas que no terminan cuando concluye el día que las vio nacer. Permanecen debajo de los años, como brasas ocultas bajo la ceniza. El 28 de junio de 1966 es una de ellas.

Aquella mañana fue expulsado un presidente constitucional. Pero también fue desalojada una idea incómoda para muchos: la posibilidad de que un hombre honesto, austero y respetuoso de las instituciones gobernara la Argentina sin arrodillarse ante los poderes de turno. Sesenta años después, la pregunta sigue en pie: ¿qué ocurrió con nosotros?

Debo confesar que durante mucho tiempo me interesó más comprender a quienes lo derrocaron que comprender al propio Illia. Busqué respuestas en los militares, en los dirigentes políticos, en los grandes intereses económicos y en los periódicos de la época. Como tantos argentinos, creí que allí estaba la clave. Con los años terminé comprendiendo que la pregunta importante era otra.

Porque Arturo Illia nunca pareció un hombre destinado a convertirse en personaje histórico. No tenía el magnetismo de los caudillos ni la teatralidad de quienes viven pendientes de las cámaras. Su figura recordaba más a la de aquellos viejos médicos de pueblo que conocían a sus pacientes por nombre y apellido, que escuchaban más de lo que hablaban y que comprendían que la confianza se construye lentamente, a través de los años y de los actos cotidianos. Ahí estaba su verdadera fortaleza.

Vivimos fascinados por la velocidad. Admiramos al que responde antes de pensar, al que promete antes de comprender, al que habla antes de escuchar. Illia pertenecía a otra tradición. La de quienes saben que las decisiones importantes exigen estudio, paciencia y responsabilidad. La de quienes entienden que la prudencia no es una forma de debilidad, sino una forma de respeto.

Mientras otros concebían la política como una disputa permanente por conservar posiciones, él parecía entenderla como una obligación moral. Gobernar significaba custodiar temporalmente aquello que pertenecía a todos. Nada más y nada menos.

Por eso algunas de sus decisiones todavía conservan una resonancia especial. Cuando entendió que determinados recursos estratégicos comprometían intereses esenciales de la Nación, actuó conforme a sus convicciones. Sabía que afectaría intereses poderosos, que despertaría resistencias y que podía costarle mucho. Aun así avanzó.

Hay gobernantes que dedican su vida a calcular consecuencias. Otros aceptan pagar el precio de sus convicciones. Illia pertenecía a esta última especie, cada vez más escasa. Quizá por eso resultó tan incómodo. Los hombres prudentes suelen despertar impaciencia en tiempos dominados por la ansiedad. Los hombres íntegros suelen despertar sospechas en tiempos dominados por el cinismo.

Sin embargo, cuanto más pasan los años, menos pienso en las disputas de su gobierno y más vuelvo a una imagen. Imagino a Illia abandonando la Casa Rosada aquella mañana. No conozco sus pensamientos. Nadie los conoce. Tal vez sintió tristeza, tal vez enojo, tal vez ambas cosas. Lo único cierto es que salió con la misma dignidad con la que había entrado.

Siempre me impresionó esa escena. Ese hombre caminando hacia la condición de simple ciudadano con una valija gastada. Quizá toda su biografía pueda resumirse en esa imagen.

Hoy suele medirse el éxito de un dirigente por la magnitud de su influencia, por la cantidad de recursos que controla o por la extensión de sus alianzas. Existe una medida más simple: observar cómo se marcha.

Illia dejó la presidencia sin fortunas repentinas, sin patrimonios inexplicables y sin riquezas construidas al amparo del Estado. Regresó a su vida con la misma sobriedad con la que había llegado.

Hay algo que no deja de sorprenderme. Sesenta años después seguimos hablando de ello. Pensemos un instante en el absurdo de la situación. No admiramos una hazaña militar, ni una conquista científica, ni una proeza deportiva. Admiramos que un presidente haya abandonado el poder sin llevarse nada que no le perteneciera.

Quizá esa admiración diga tanto sobre nosotros como sobre él.

Porque una República sana no debería considerar extraordinaria semejante conducta. Debería esperarla con la misma naturalidad con que espera honestidad de un juez o rectitud de un maestro. Y sin embargo hemos llegado a un punto donde la decencia parece despertar más sorpresa que costumbre.

Tal vez allí se encuentre una de las raíces más profundas de nuestra decadencia. Los pueblos no comienzan a deteriorarse cuando aparece el primer corrupto. Comienzan a deteriorarse cuando la corrupción deja de producir vergüenza, cuando la riqueza despierta más respeto que la rectitud, cuando la eficacia parece suficiente para justificar cualquier conducta y cuando la admiración cambia de objeto.

Toda Nación termina pareciéndose a aquello que decide admirar.

Por eso, al acercarse el sesenta aniversario de aquel amanecer de invierno, la reflexión trasciende a Arturo Illia. Los historiadores continuarán estudiando las causas del golpe, las responsabilidades políticas, los intereses económicos y las circunstancias de aquella época. Es una tarea necesaria. Pero existe otra cuestión que pertenece menos a los archivos y más a la conciencia colectiva.

Los golpes de Estado siempre tienen responsables directos. También revelan algo sobre las sociedades que los toleran. Aquella mañana de junio fue quebrado el orden constitucional. La historia ya emitió su veredicto sobre quienes protagonizaron ese hecho.

La pregunta pendiente es otra.

Si mañana apareciera entre nosotros un hombre de la misma honestidad, de la misma austeridad y del mismo respeto por las instituciones, ¿seríamos capaces de reconocerlo mientras aún está a tiempo de servir a la República?

Se cumplen sesenta años de aquel amanecer de junio. La historia ya juzgó a quienes quebraron el orden constitucional. Tal vez haya llegado el momento de examinarnos a nosotros mismos, porque las naciones no sólo se definen por los hombres que producen, sino también por aquellos que son capaces de reconocer.