
El calendario marca marzo de 2026 y Argentina se detiene a reflexionar sobre una cifra estremecedora: medio siglo desde el inicio de la última dictadura militar.
En este contexto de memoria colectiva, Juan Carlos Benítez, protagonista y testigo directo de aquella época, reconstruye para este medio su historia personal, que es también la historia de una generación signada por el compromiso político y la persecución.
En marzo de 1976, Benítez dividía sus horas entre el trabajo y la formación académica. Era empleado en el área de Diseños de la empresa Ducilo (DuPont), donde se desempeñaba como delegado de la comisión interna del sindicato textil SETIA.
«El clima político estaba absolutamente convulsionado. Había muerto Perón hacía 21 meses y faltaba conducción política»
Por las tardes, viajaba en el tren de las 16:50 para cursar Ingeniería Química en la UTN de Capital Federal, donde también ejercía la delegación de curso por la Juventud Universitaria Peronista (JUP).
«El clima político estaba absolutamente convulsionado. Había muerto Perón hacía 21 meses y faltaba conducción política», recuerda Benítez.
Pese a que existían cronogramas electorales en marcha para ese año, la decisión de los comandantes militares ya estaba tomada. El 24 de marzo, ignorando los reclamos de dirigentes como Ricardo Balbín, se concretó el asalto al poder.
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La resistencia en Mercedes y el pedido de libertad
La represión no tardó en golpear a nivel local. Benítez evoca los nombres de los primeros detenidos en Mercedes: Horacio Moavro, Martín Caracoche, Pablo Stasiuk y Juan Dieuzeide.
Ante la injusticia, Benítez inició junto a su amigo y compañero Julio César Ramos una colecta de firmas para exigir las libertades de sus vecinos.
En un gesto de valentía para la época, Benítez resalta a dos letrados del Poder Judicial que no dudaron en estampar su rúbrica: Hugo Bonafina (padre) y Guillermo San Martín.
Sin embargo, lo que se inició como una intervención planificada derivó en una atroz represión. «Muertos y desaparecidos se multiplicaron. En nuestra plaza están graficados nuestros vecinos, mártires de esa época», señala con pesar.
Detención, vejámenes y el regreso al hogar
Lejos de amedrentarse, Benítez y un grupo de compañeros decidieron aumentar el compromiso resistente. Esa militancia clandestina se extendió hasta fines de noviembre de 1977, momento en que fue detenido. «Sufrí todos los vejámenes de ese tipo de represión», confiesa.
Su cautiverio se prolongó hasta fines de 1980, cuando finalmente pudo regresar al «ansiado hogar» junto a otro sobreviviente, Javier A. Casaretto. Benítez recuerda con profunda emoción el abrazo de reencuentro con sus pilares: su esposa y «heroína» María Elena, su hija Florencia, sus padres y amigos.
A medio siglo de aquel trágico episodio, Benítez analiza el presente con la sabiduría que otorga la experiencia y el luto social que también dejó la Guerra de Malvinas antes del regreso de la democracia con Raúl Alfonsín y el histórico Juicio a las Juntas.
«Hoy, como un sobreviviente más, valoro esta circunstancia. Aún sin compartir el signo del gobierno que hoy tiene el país, estoy convencido de que para alcanzar mayor justicia social y autonomía política es necesaria una conjunción de vertientes comprometidas con lo nacional», reflexiona el dirigente.
Para finalizar, Benítez rinde un sentido homenaje a quienes aportaron «grande o pequeño» para sostener el presente institucional: «La democracia no es un bien dado, sino alcanzado con esfuerzo y vidas humanas como costo. Por eso, mi homenaje a cada hombre y mujer que lo hizo posible. Nunca Más».


























