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Manu: El cielo con las manos

Por Oscar Dinova

 

“Sólo el tiempo ha podido vencerme” Charles Chaplin, autobiografía

La categórica frase del genio del cine parece adaptarse como pocas a la extraordinaria carrera deportiva de Emanuel Ginobili, el bahiense que se impulsó en el sur de nuestra provincia para llegar al mundo entero y que en este 27 de Agosto viene de anunciar su retiro.

Parecía interminable, inoxidable. Ajenos al paso de los años, sus arabescos endiablados parecían burlarse tanto de los rivales como del almanaque. Pero no.

No debemos buscar por ahí el legado que nos deja este deportista sin par. Es en el transitar hacia la gloria que está su herencia y no en el final.

Manu empezó su viaje en un club de barrio, Bahiense del Norte, donde su padre era dirigente y sus hermanos jugadores. Esos lugares son la escuela de nuestros paladines, ahí aprendió el esfuerzo, la entrega sin contemplaciones y el espíritu de trabajo colectivo.

Luego la Liga Nacional, en un bizarro antojo riojano, donde entrenó como el que más y surcó su extensa patria en colectivos de fortuna que cimentaron su tenacidad y ganas de llegar.

En Estudiantes conoció la derrota y el descenso de categoría y se forjó en la adversidad, tan comunes en el deporte pero que muchos no logran revertir. Y finalmente voló hacia Europa, desde una segunda categoría en el regio Calabria hasta la Euroliga, donde brilló como pocos.

Fue parte de una generación maravillosa, la Dorada, que nos trajo el oro olímpico y fue desperdiciada por las más altas dirigencias políticas deportivas que dejaron pasar una oportunidad histórica para consolidar el básquet a lo largo y ancho de todo el país

La Selección Nacional comenzaría con una derrota increíble contra Australia de la que sacaría lecciones para siempre; no hay rivales a subestimar y el esfuerzo debe ser hasta el último segundo.

Ya estaba listo para atrapar la gloria, en los clubes de altísima jerarquía de la NBA y en las formaciones nacionales. Es una historia más conocida – y mediática-, pero repito, prefiero quedarme en el tramo que formó a este héroe de carne y hueso que nos representó sin mancha durante más de dos décadas de fabulosa trayectoria.

A su talento mayúsculo, le agregó la osadía de los competidores y la humildad de los verdaderamente grandes. Nunca una historia de vestuario, una escaramuza por televisión, una herejía en las redes sociales, Nunca. Siempre cimentando el grupo, el equipo. Nos enseñó que no importaba el número en la camiseta y las luces o los falsos oropeles, importaba luchar con bravura para ganar o perder con grandeza.

Fue parte de una generación maravillosa, la Dorada, que nos trajo el oro olímpico y fue desperdiciada por las más altas dirigencias políticas deportivas que dejaron pasar una oportunidad histórica para consolidar el básquet a lo largo y ancho de todo el país. ¿Su pasaje fue entonces efímero? ¿Todo quedará en una bella historia para contar? ¿Habrá otro Ginobili?

No seguramente en el plano individual.

Pero estoy tentado de pensar, que una vez más, sus herederos están en el pueblo, hay clubes que siguen apostando al deporte y no escatiman en sacrificios, hay miles de pibes que crecieron bajo su influjo, que desean llegar dónde él y se les mostró las verdaderas herramientas para hacerlo. Estoy tentado de afirmar que no habrá uno sino muchos Ginobilis, poco importa si podrá alguno de ellos cosechar sus mismos logros, campeonatos y copas. Pero tienen señalado el recorrido, se han despejado muchas dudas. Creo que hay muchos que van a dar lo mejor de sí para lograrlo.

Chaplin también decía que el tiempo era el mejor autor, que siempre encuentra el final perfecto.

Y vaya si lo encontró, Manu y su cohorte de amigos y compañeros nos han dejado una antorcha encendida en las manos. El cielo ahora está más cerca, en estos años nos mostraron el camino.

A transitarlo entonces.

Ahí está la verdadera hazaña.

 

 

Oscar Dinova es mercedino, escritor, docente retirado.

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