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No es el calor, es el desmonte

Por Cristian Frers.

El cambio climático, producto de la acción humana, intensifica los eventos meteorológicos extremos, entre ellos las olas de calor que se definen como períodos en el que las temperaturas mínimas y máximas superan, al menos por tres días consecutivos, ciertos valores que dependen del lugar.

Las olas de calor extremas ya tienen aproximadamente cinco veces más probabilidades de ocurrir por el aumento de temperaturas producto de las emisiones de gases de efecto invernadero

Lo sentimos, nos incomoda, nos deshidrata. Y, lejos de ser inocuo, el calor también nos mata. En 2023 se van a cumplir veinte años de la peor catástrofe climática de la historia reciente: la ola de calor que, en 2003, afectó especialmente a España, Francia e Italia, y dejó más de 80 mil muertos en 12 países. Si vamos al plano local, en diciembre se cumplirán diez años de una de las peores olas de calor en Argentina, que se extendió desde Buenos Aires a Mendoza: solo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, dejó un saldo de 544 muertes. Un total de muertes que, es mayor al de todas las muertes por inundaciones en todo el país, entre 1985 y 2015.

Pero a no confundirse: el exceso de calor no es cosa del pasado. La acumulación copiosa de eventos extremos solo confirma a las olas de calor como síntoma de un calentamiento global que tiene consecuencias cada vez más notorias en un presente cada vez más acuciante. Testimonio de ello es que, apenas en los primeros diez días de 2023, más de treinta ciudades de Argentina se vieron afectadas por una ola de calor. Ciudades de la Patagonia, centro y norte de nuestro país, registraron temperaturas atípicamente altas durante más de tres días consecutivos, que superaron umbrales de temperaturas mínimas y máximas locales establecidas por el Servicio Meteorológico Nacional.

Las personas que viven en barrios populares tienen un riesgo doble: a la alta vulnerabilidad social que sus habitantes presentan frente a desastres, se suma el hecho de que estas zonas suelen ser particularmente calurosas. En parte, esto se debe a la baja provisión de espacios verdes y arbolado en general, que mitigan el efecto isla de calor urbano, así como brindan sombra y refugio en los días de mucho calor. A esto se agrega que en los barrios populares se concentran los déficits de calidad de las viviendas (en términos de materiales, hacinamiento y acceso a servicios básicos como agua corriente, electricidad o cloacas), entre otros factores que –además de conspirar contra el acceso justo y equitativo al hábitat– contribuyen a la concentración del calor en estas áreas.

La subida del nivel del mar, supone una amenaza existencial para numerosas comunidades y puede desencadenar un éxodo masivo con proporciones bíblicas.

Países como Bangladés, China, India y Países Bajos están en riesgo. Megaciudades en todos los continentes se enfrentan a serios impactos incluyendo El Cairo, Lagos, Maputo, Bangkok, Daca, Yarkarta, Bombay, Shanghái, Copenhague, Londres, Los Ángeles, Nueva York, Buenos Aires y Santiago, alerto el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres.

La deforestación implica un agravamiento de las condiciones para enfrentar el cambio climático. Y es que los árboles absorben el dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, evitando que se libere a la atmósfera. En Argentina los cambios en el uso del suelo y la ganadería generan más de la mitad de los gases de efecto invernadero que el país emite a la atmósfera.

Los ecosistemas forestales juegan un papel importante en la conservación de la biodiversidad mundial, incluida la regulación del clima, el suministro de materiales básicos para el sustento y la reducción de los impactos de los peligros naturales.

Casi la mitad de los bosques del mundo se han perdido en los últimos 8.000 años como consecuencia, principalmente, de las actividades humanas, y esta reducción se agravó en las últimas seis décadas, durante las cuales la superficie boscosa se ha disminuido en 81,7 millones de hectáreas.

Desafortunadamente, los líderes globales no están en camino de alcanzar el objetivo del Acuerdo de París de limitar el aumento de la temperatura a mucho menos de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, e idealmente a 1,5 °C. Las previsiones estiman que el planeta se dirige a un calentamiento de 3 °C a lo largo de este siglo, lo que tendría consecuencias negativas significativas para la salud humana.


Cristián Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).