
La Ciudad Universitaria de Buenos Aires se ha convertido en el escenario de una singular paradoja contemporánea, donde la dualidad entre nosotros y ellos enfrenta a grandes y chicos. Desde este viernes, al caer la noche, nutridos contingentes ingresan cada media hora a la Minecraft Experience, una propuesta interactiva que traslada el icónico videojuego de píxeles a la dimensión real. El resultado es –entre otras cosas que podrían analizarse– un fascinante y por momentos incómodo contraste entre la mirada de las nuevas infancias y el desconcierto de los adultos.
Para los niños y adolescentes habituados al universo de Mojang, la concreción física de los escenarios genera un asombro inmediato y una aceptación casi intuitiva. Ver materializada la identidad estética de las pantallas en bloques principales de un metro cuadrado, recorrer estaciones guiadas por antorchas que recrean un bosque, una cascada o misteriosos cuartos, es para ellos una extensión natural de su propio lenguaje.
Sin embargo, del otro lado de la grieta generacional caminan los padres y mayores. Para muchos de ellos, el paseo de entre 30 y 40 minutos se traduce en apatía o un profundo desconcierto. Y no porque le tengan miedo al realismo del bosque o les recuerde anécdotas o pesares de su propia infancia en cuentos infantiles de brujas.
Ver materializada la identidad estética de las pantallas en bloques principales de un metro cuadrado, recorrer estaciones guiadas por antorchas que recrean un bosque, una cascada o misteriosos cuartos, es para ellos una extensión natural de su propio lenguaje.
Desconocedores absolutos de las reglas que rigen este entretenimiento, muchos y muchas asisten como espectadores mudos, incapaces de sumarse a las consignas interactivas donde sus hijos e hijas —con total soltura— disparan ballestas o pican diamantes en los bloques. Los adultos se sienten ajenos en ese mundo de nuevo diseño, un territorio donde las coordenadas tradicionales no aplican.

El rumor del mundo real: Aviones, reclamos y desfinanciación
Pero lo cierto es que la experiencia no ocurre en el vacío, sino en un predio de la Universidad de Buenos Aires (UBA) atravesado por tensiones sumamente reales. Mientras los chicos se sientan en sillones de bloques a contemplar el paso constante y llamativamente bajo de los aviones que operan en el Aeroparque cercano, el entorno universitario deja traslucir sus propias realidades.
Por un lado, el bullicio y el trastorno logístico de un evento de tal magnitud altera la rutina de la zona, y es lo que reclaman y explican amablemente con entrega de panfletos en la previa, mientras todos están en las largas colas por ingresar. Por el otro, reflota el reclamo histórico de los estudiantes de la UBA respecto al uso y el impacto ambiental que los nuevos senderos creados generan sobre la lindera Reserva Ecológica Costanera Norte. Todo esto bajo el espeso telón de fondo de la actualidad política: el reclamo de la comunidad académica ante la desfinanciación de las universidades públicas por parte del Gobierno Nacional. El píxel y la protesta social conviven bajo el mismo cielo nocturno.

El regreso al orden conocido y el «Tesoro de los Inocentes»
El exilio cognitivo de los padres termina abruptamente en la última estación. Amnesia, estar en un cumple, fingir demencia o no poder compartir o sintonizar se detienen. Tras el viaje por el ecosistema virtual, el recorrido desemboca invariablemente en el shop de merchandising. Es allí donde los adultos retoman el control y el poder. Ante las góndolas de muñecos y accesorios, regresan a las reglas de la vieja escuela: meter la mano en el bolsillo, pasar la tarjeta y apelar al uso del dinero en este mundo real y poco inocente en el que nos toca vivir.
Esta distancia entre el entendimiento de unos y otros invita a la reflexión. Hace un tiempo, el recientmentente distinguido con el Doctorado Honoris Causa por la UBA, Carlos «El Indio» Solari recordaba una escena doméstica que ilustra a la perfección este fenómeno. El icónico líder de los Redondos contaba algo así como que, si bien no comprendía del todo qué hacía su hijo Bruno frente a la PlayStation, estaba convencido de que esa generación posee la pulsión y el sentido para diseñar un entorno superador al que los adultos —que ya no comprendemos el nuevo siglo— les estamos dejando. Su propio y más preciado «tesoro de los inocentes».
Bajo esa misma línea, resulta inevitable pensar en John Lennon. Si el autor de Imagine viviera hoy, probablemente pasearía a gusto por este universo de bloques. La música pacífica y relajante que caracteriza al juego, sumada a la premisa fundacional de que la única regla es construir y cooperar, calzarían de manera perfecta en el ideal del célebre cultor de la paz y la igualdad. Minecraft es, en el fondo, una suerte de nuevo hippismo digital.
Con sus contradicciones a cuestas, el debate ambiental de fondo y el choque cultural entre grandes y chicos, la Minecraft Experience Buenos Aires se consolida como una cita imperdible. No solo para entender el juego que fascina a las infancias, sino para asomarse, aunque sea por media hora, al mundo que ellos ya están construyendo.





























