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Trío Orfeo: un itinerario entre la palabra y la música en el Ciclo Pro Arte

Toda selección poética supone una toma de posición respecto de los textos que la integran y de las relaciones que pueden establecerse entre ellos.

La propuesta presentada por el Trío Orfeo, en el marco del ciclo Pro Arte Mercedes 2026, trascendió la mera sucesión de poemas para configurar un verdadero itinerario emocional. A través de autores, épocas y tradiciones diversas, el recital articuló una serie de voces que, sin renunciar a su singularidad, convergieron en una reflexión compartida sobre algunas de las grandes inquietudes de la experiencia humana.

A través de autores tan diversos como Neruda, Cortázar, Prévert, Lorca, Cadou, Requeni, Agi Mishol, Borges, Cavafis y Kovadloff, entre otros, el recital fue trazando una suerte de cartografía emocional. El amor, la memoria, el deseo, el dolor y la nostalgia emergieron como distintas estaciones de un mismo itinerario humano, sostenido por una cuidada interacción entre palabra y música que otorgó unidad y profundidad al conjunto.

Adentrándonos en el análisis del programa, quizá la imagen que mejor sintetice este recorrido propuesto por el Trío Orfeo, sea la Ítaca de Cavafis. En este sentido, cada texto pareció ofrecer su propia Ítaca”: el amor en Cortázar y Neruda, la memoria en Prévert y Mishol, la patria en “Anclao en París”, la identidad y el paso del tiempo en Kovadloff, el misterio de la existencia en Borges. Destinos diversos que, sin embargo, terminaron de confluir en una misma aspiración: la búsqueda de aquello que otorga sentido a la vida.

Con respecto a la música, podemos afirmar que ocupó un lugar esencial en el recital. No actuó como un fondo sonoro, destinado a acompañar la palabra ni tampoco una instancia independiente, intercalada entre lecturas. Desde el principio quedó claro que texto y música formaban parte de una misma construcción expresiva en la que cada intervención musical parecía prolongar una emoción apenas insinuada por el poema o anticipar el clima del texto siguiente, generando un delicado entramado de resonancias y correspondencias.

Las intervenciones de Ana Victoria Chaves (piano) y Federico Mouján (violín) contribuyeron decisivamente a la construcción del clima artístico que caracterizó la velada. En particular, Ana Victoria Chaves puso de manifiesto una sólida formación técnica y una notable capacidad expresiva, cualidades que encontraron especial lucimiento en sus versiones del Ave María de Gounod, la Danza de la moza donosa de Alberto Ginastera y el Clair de Lune de Debussy. En cada una de estas obras, la intérprete logró equilibrar rigor y sensibilidad, ofreciendo lecturas de gran musicalidad que enriquecieron el diálogo entre la palabra poética y la música.

Federico Mouján, por su parte, puso de manifiesto una destacada calidad interpretativa, combinando solvencia técnica y profundidad expresiva. Estas virtudes se apreciaron especialmente en el exigente Estudio Tanguístico de Piazzolla y en su lograda versión de Asturias (Leyenda), de Albéniz, obra en la que alcanzó algunos de los momentos más intensos y memorables de la velada. Su interpretación logró transmitir tanto el virtuosismo requerido por la partitura como una notable riqueza de matices.

Un capítulo aparte merece la labor de Santiago Kovadloff como lector e intérprete de los textos seleccionados. Lejos de cualquier énfasis declamatorio o artificio expresivo, su lectura se caracterizó por la sobriedad, la precisión y el profundo respeto por la palabra poética. Cada obra encontró en su voz el ritmo y la inflexión adecuados, permitiendo que el sentido emergiera con naturalidad, sin interferencias interpretativas.

Más que un intermediario entre el poema y el público, Kovadloff se convirtió en un intérprete capaz de iluminar sentidos y de poner en diálogo voces muy diversas sin borrar la singularidad de ninguna de ellas.

La propuesta del Trío Orfeo dejó la impresión de un viaje cuidadosamente trazado, donde poesía y música confluyeron en una experiencia artística de singular coherencia. Desde la navegación de Barcarola (Neruda) hasta El Mar borgiano y la nostalgia de Anclao en París, el programa fue delineando una reflexión sobre las múltiples formas de la búsqueda humana. Y acaso sea allí donde resida uno de sus mayores méritos: en haber recordado que cada vida, como la Ítaca de Cavafis, encuentra su sentido no solo en la llegada, sino también en el viaje.  Porque “Ítaca no es el lugar al que se llega, es aquello que nos impulsa a partir”