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¿Qué se pierde al terminar el secundario?

Una de las cuestiones principales que les pasa a los adolescentes al terminar el secundario -y que nos pasa a todos en distintas situaciones de la vida y ante la vivencia del fin de una etapa-, es la sensación de pérdida, de que avanzar y crecer significa también perder y soltar, es decir, de la pregunta sobre estar dispuesto a vivir una transición de duelo entre el presente y el futuro deseado.

El término duelo se origina en dos raíces latinas, dolos, dolor y duellum, desafío. El duelo es dolor psíquico, pena, aflicción, pero también es un desafío para el sujeto. Me resulta una definición maravillosa la de Cristina Rosas de Salas que se refiere a procesar un duelo como «construir una ausencia».

Allí donde queda la marca de lo que ya no está, la huella que delata la ausencia de lo que antes supimos tener y que adornaba nuestro ser, es el punto donde ahora debemos construir lo novedoso, los cimientos del futuro.

Recuerdo el día que una adolescente llegó al consultorio muy angustiada cuestionando su reciente decisión de comenzar la carrera de Biología. Apenas había transitado tres meses de la carrera y su angustia la empujaba a decir que esa carrera “no era para ella”. Bastó un solo encuentro para que ambos nos diéramos cuenta que no había carrera más acertada, de acuerdo a sus intereses, que Biología. ¿Y cuál era un núcleo de su angustia?

Ella había acudido a la consulta después de su primer parcial en el que había aprobado por la ventana, con un mísero cuatro. Mísero para sus expectativas, claro. Su trayectoria escolar que había concluido hacía apenas unos meses era de notas que promediaban nueve cincuenta, habiéndose ganado su lugar de abanderada y mejor alumna. Una niña que supo sostener su lugar de prodigio hasta ahora.

Tiempo de adaptación es también tiempo de duelo.

Su trayectoria escolar que había concluido hacía apenas unos meses era de notas que promediaban nueve cincuenta, habiéndose ganado su lugar de abanderada y mejor alumna. Una niña que supo sostener su lugar de prodigio hasta ahora.

Lacan aporta que no solo se está de duelo por la pérdida de un objeto sino también, por el objeto que uno ha sido para el otro. Es decir, que el adolescente no sólo lamenta el hecho de que el colegio secundario no sea más su lugar de referencia, o que ya no dispondrá de su tiempo libre de la misma forma que lo hizo hasta entonces, o que no podrá continuar con alguna actividad extraescolar, o que incluso deberá dejar su cuarto y su casa ya que estudiar lo que desea implica mudarse y vivir en otra ciudad, etc. sino también que el duelo se hará presente en las miradas que supo construir, en el rol asignado que tenía dentro de un grupo, en el modo como fue tratado por profesores y directivos de la escuela o en los distintos ámbitos que ahora siente perder, en haber sido durante un tiempo prolongado la abanderada del curso, el gracioso, la deportista, el mejor compañero o la más linda. O sea, el lugar que uno ocupó ahí para esas otras miradas.

De modo que no se trata sólo de identificar “qué me gusta” o “qué no me gusta” en relación a una carrera. El cambio es mucho más amplio y enciende alarmas -niveles de ansiedad- que buscarán respuestas sobre cómo transitar ese estado de duelo, de desafío y de cambio, en experiencias del pasado. ¿Cuánto demora esta etapa que Winnicott llamaría transicional? Está claro que los tiempos son subjetivos, que cada quien tiene su pulso y su ritmo diferente al semejante y que el proceso de orientación vocacional -ya sea que uno lo construya con un profesional o solo- es necesario para hacer pie y poder relacionarse con un nuevo objeto (un nuevo mundo que se presenta bajo el título de mundo adulto). Diseñar el nuevo escenario donde continuar con la obra pueda llevar más tiempo que lo esperado, al menos que “lo esperado” por los parámetros del orden social y educativo que busca marcar de manera homogénea, para todos igual, cuando se termina una etapa y cuando comienza la otra.


Marcos Tabossi
www.vocaciondeorientar.ar
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