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Alégrense conmigo

Invitados a reflexionar en este domingo 15 de septiembre, 24º del tiempo ordinario, el Evangelio de Lucas capítulo 15 versículos 1 al 10, donde Jesús pone como ejemplo a este hombre que pierde una oveja y deja en sus campos unas cuantas hasta encontrar la que había perdido; a esta mujer que pierde una moneda y revuelve toda la casa hasta que la encuentra. Y termina diciendo el Evangelio “les aseguro que de la misma manera se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

Somos causa de alegría cuando en nuestra vida nos animamos a la conversión.

La conversión no solamente esta actitud de si por ejemplo si voy caminando hacia adelante, volver hacia atrás sobre mi propio eje. Es cambiar de modo de pensar, de modo de sentir, algo muy difícil, un proceso cotidiano, ya que nadie se convierte de un día para el otro. La conversión es un camino, una propuesta que Jesús nos hace, un recorrido que en algún momento de nuestra vida estamos invitados a comenzar a caminarlo.

Es bueno animarnos a la conversión, porque para esto estamos llamados: para vivir en la presencia de Dios y la conversión significa esta moneda, esta oveja recuperada, esta alegría que se produce.

“Nuestro corazón”, dice San Agustín, “fue hecho para Dios y va a descansar cuando en Dios descanse”.

Que nos animemos en este domingo, que tenemos tiempo, a pensar cuántas actitudes de nuestra semana han sido de Dios y cuántas no han alegrado de Dios. Cuántas actitudes tienen que ver con estos cambios de vida y cuántas se pueden mejorar.

Que nuestros propósitos y reflexiones no caigan en sacos rotos, sino que nos animemos a pequeños  gestos con nosotros mismos, que somos nuestros evaluadores, sabiendo que nos mira Jesús misericordioso, y que nos anima a seguir caminando.

Que nos animemos a esta conversión, este cambio de actitud, este cambio de mentalidad, a esta metanoia, para cambiar nuestras actitudes que poco o nada tienen que ver con el Señor.

Y que la Virgen Santísima nos acompañe en este domingo, solos, con amigos o en familia, pero siempre con la compañía de Jesús gloriosamente resucitado.

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