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No hay que vivir de las apariencias

Seguimos reflexionando el Evangelio de San Lucas capítulo 11 versículos 37 al 41, donde Jesús acepta una invitación como queriendo manifestar o enseñar que no hacer acepción de personas y va a la casa de un fariseo y este se extraña de que Jesús y sus discípulos no se higienicen antes de sentarse a la mesa a comer.

Los ritos de higienización de los judíos ortodoxos son excesivos y van más allá del sentido común, antes de sentarse a la mesa. Y Jesús, sin ningún empacho, dice así son ustedes, los fariseos, purifican por fuera, la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia.

Jesús, con algo de “sutileza”, le hace entender al fariseo que lo ha invitado que lo importante es el corazón: un corazón que se enamore de Dios, que espere todo. Como el de Santa Teresa de Jesús a quien hoy celebramos: Teresa de Avila, o Teresa la Grande, que junto con Catalina de Siena son las únicas mujeres que llevan el título de “doctora de la Iglesia”. Teresa de Avila muerta en 1582 y hecha doctora de la Iglesia, santa y doctora, formadora del Carmelo, de las hermanas carmelitas. Con ese corazón enamorado que no solamente limpia lo de afuera si no lo de adentro, una mujer que no vive de apariencias, Teresa de Avila o Teresa la Grande.

Quiera Dios que seamos capaces de limpiar nuestro interior y poner nuestra confianza en El. Como decía Teresa de Avila, Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta.

Que la Virgen Santísima de Luján nos acompañe a todos a vivir no de apariencias sino en espíritu y en verdad.

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