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Revelan una nueva forma de “armadura flexible” que tenían los perezosos prehistóricos gigantes

El equipo del Museo Paleontológico de San Pedro halló 136 huesillos dérmicos de un perezoso gigante de más de 500 mil años de antigüedad. Esta “armadura” estaba incorporada al cuero de estos animales y les servía de protección frente a los depredadores.

El director Museo Paleontológico de San Pedro José Luis Aguilar comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “estos huesitos llamados osteodermos estaban incorporados a la piel de estos animales, por todo el cuerpo, y tienen una forma que era desconocida hasta ahora”.

Los perezosos gigantes poseían este sistema de defensa embebido en la piel como protección ante los posibles ataques de los tigres dientes de sable, los osos gigantes, pumas y unos perros salvajes llamados Theriodictis, entre otros carnívoros.

“Estos huesitos que encontramos son octaédricos, como si fueran dos pirámides unidas por su base”, describió Aguilar. Y agregó: “Entre los más de 130 osteodermos hallados, las medidas van desde 3 milímetros hasta unos 13 milímetros de largo”.

“La presencia de osteodermos en los perezosos gigantes se conoce hace tiempo, aunque no hay muchos registros para una antigüedad superior a los 500 mil años y es la primera vez que se encuentran con una estructura bipiramidal”, aseveró el director sobre los huesitos hallados en Campo Spósito, un yacimiento ubicado a 12 kilómetros de la ciudad de San Pedro.

El estudio científico sobre esta nueva forma de “armadura flexible” fue publicado recientemente en la revista Journal of South American Earth Sciences y está firmado por los doctores Luciano Brambilla de la Universidad de Rosario y del CONICET, Augusto Haro de la Universidad Nacional de Córdoba, Marcelo Toledo del Instituto de Geociencias de Buenos Aires y el director del Museo de San Pedro José Luis Aguilar.

El investigador Luciano Brambilla precisó que “como la forma externa de los huesos de la piel de este antiguo perezoso es tan particular a simple vista, también estudiamos la estructura interna a nivel microscópico”.

“Cortamos finas láminas a partir de algunos de los huesitos bipiramidales y descubrimos que el patrón de fibras observado en estos osteodermos era muy denso y novedoso, algo que también ayuda a caracterizar a estos pequeños elementos”, analizó.

El paleontólogo aseveró que “es un enigma aún por responder a qué especie pertenecieron estos osteodermos, porque en las colecciones nada se les parece y es relativamente poco el conocimiento que tenemos sobre perezosos de tanta antigüedad como los que se encuentran en los yacimientos de San Pedro”.

Hasta el momento, se conocían estructuras con un patrón globoso, casi sin irregularidades, propias  de los milodontes, mientras que los osteodermos de los glosoterios tenían una forma aplanada, arriñonada.

Al respecto, Aguilar observó que “con este descubrimiento, se refuerza la idea propuesta por el Museo Paleontológico de San Pedro de que los distintos géneros de estos grandes mamíferos fósiles poseían osteodermos con patrones diferentes”.

Según contó Aguilar, “así como los  gliptodontes (armadillos gigantes) evolucionaron hasta que toda la piel se transformó en una coraza para protegerse de los depredadores, los perezosos desarrollaron esta masa intermedia que era flexible, porque todos estos osteodermos, estos huesitos, se desarrollaban en el interior de la piel”.

“Estos animales tenían una piel, un cuero de unos dos centímetros de espesor, en la que un grupo de células comenzaban a endurecerse hasta desarrollar fibras duras y se transformaban en una de estas tantas bolitas que encontramos; eran parte de su piel”, relató.

De esa forma, animales como los milodontes o los glosoterios, lograban disminuir las heridas provocadas por sus atacantes. «Después de casi 200 años de paleontología argentina, este hallazgo introduce una novedad inesperada a la hora de analizar a ciertos géneros de perezosos prehistóricos», destacó Aguilar a la Agencia CTyS-UNLaM.

Este nuevo descubrimiento de osteodermos con forma romboidal se produjo a unos 170 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en un área de barrancas y cortadas naturales que ya ha aportado numerosos e importantes fósiles a la colección del Museo de San Pedro.

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