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Huellas y cicatrices

Iniciales de nombres en alguna madera, en algún árbol, en un lugar conocido por los interesados. Signo o señal, una fecha en el cemento fresco. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez? Algún raspón o corte a modo de por aquí pasé. Son cicatrices, son huellas del tiempo. Estas muchas veces están en nuestro cuerpo, ya que nos rememoran algún golpe, alguna operación, y por qué no una cesárea. Cicatrices.

Cicatrices de algún accidente. Cicatrices de tantas cosas…

Están las que se ven en el cuerpo. Están las que no se ven, están en nuestra alma. Esas cicatrices que así como las físicas –valga la redundancia– cicatrizan, se cierran, sin embargo son el constante hacer memoria, aquí pasó algo. En nuestra alma, en nuestro pensamiento, en nuestros recuerdos, en nuestro corazón, quedan cicatrices que dan vueltas, que nos dicen aquí pasó algo. Esto si es que pasamos por la vida seriamente, puede ser que vivamos nuestra vida y respiramos –en tanto y en cuanto por ahora no haya ningún impuesto que haya que abonar– es decir pasamos por pasar. Mientras que si como decía Eladia Blázquez –ya lo hemos dicho– no transcurrimos solamente y pasamos sino honramos la vida, este pasar, este estar necesariamente deja huellas, deja cicatrices…

¿Nos acordamos de esas cicatrices? ¿Nos han dejado enseñanzas? ¿Las enseñanzas las traemos a la práctica? ¿Las huellas y cicatrices que dejamos en otros, personas o instituciones, grupos, son buenas cicatrices, buenas señales, son de una cuchillada o son de una cesárea? Ambas son cicatrices, sólo que una nos habla de algo artero y traicionero, mientras que la cesárea es para dar vida.

Quiera la Virgen de Luján bendecirnos y bendecir nuestras cicatrices.

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