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Acerca del contagio del chisme

Cuando yo era chico llamábamos «chusma» a la vieja del barrio que sabía todo –y lo que no, lo inventaba– sin siquiera pisar la vereda. Esa clase de vieja bruja con sentidos especiales para captar, dentro de su casa, todas las conductas polémicas o clandestinas de los vecinos del barrio. Era la manera –su manera– de ganarse el respeto.

Cuando yo era chico jugábamos en la escuela a ser –de algún modo–, esa vieja chusma. Lo llamábamos «teléfono descompuesto». Alguien decía algo en el oído de otro, el segundo transmitía lo escuchado murmurando al oído de un tercero, y así. Mientras más chicos participábamos, mejor. Finalmente el último en recibir el mensaje debía decir lo escuchado en voz alta. A mayor tergiversación del mensaje original, mayor gracia cobrara el juego.

Hoy, el juego, como todas las cosas, se virtualizó. Y aquello que acababa en la ronda de amigos o en los vecinos del barrio de la vieja chusma, traspasa cualquier tipo de fronteras y es más contagioso que el propio Coronavirus.

La noticia sobre el caso positivo del Covid-19 en Mercedes generó lo que todos sabíamos que iba a generar. Los celulares de los mercedinos explotaron.

La noticia brindada por este medio fue compartida más de 300 veces en menos de quince minutos. A partir de allí, despertó al Jorge Rial, al Sherlock Holmes, al infectólogo, al político, al alcahuete y a la vieja chusma que todos llevamos dentro.

Laura Palacios –psicoanalista– quien escribió un interesante trabajo titulado “El secreto y el chisme” (publicado en la revista Redes de la Letra, Número 14), se refiere al tema en una entrevista publicada por Infobae: “…el chisme siempre necesita a un tercero ausente y perjudicado. Si nos pusiéramos meticulosos, podríamos ver que la circulación del chisme comienza con un acuerdo, con una pequeña mascarada que pone en juego la intención de inmovilizar su carrera: «Júrame. Júrame que no va a salir de tu boca». Que parezca un secreto… Pero hay un segundo pacto, más tácito y subterráneo, que entraría en la gama de lo no dicho. Esa es la cláusula motriz, la que garantiza la supervivencia del chisme. La que da por sentado que ese receptor particular hará lo necesario para mantenerlo con vida. ¿Cómo?, ¡difundiéndolo!”.

En los grupos de WhatsApp –muchos de ellos con infinidad de miembros– los mensajes se pisaban en el afán de aportar al asunto un nuevo dato, un nuevo vínculo, un nuevo árbol genealógico de la víctima, una nueva conjetura sobre el caminito silencioso que transitará el virus. Cada mensaje, cada imagen, cada audio, venía acompañado por el clásico y absurdo “no es para compartir”.

Sabemos de la satisfacción que propina el chisme. Pedro Horvat –médico, psicoanalista y miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina– refiere dos tipos de placeres centrales: «En primer término, uno muy infantil: el de un niño ‘voyeur’ que espía la sexualidad de sus padres y se entera de cosas. En segundo lugar, colocarse en el puesto del saber: «Yo tengo acceso a lo que el resto ignora».

Así como Serrat le dice al niño que «eso no se hace, que eso no se dice y que eso no se toca», se difundieron flyers –que en otro contexto podrían interpretarse como irónicos– indicando paso a paso cómo comportarse en relación al chisme con el mismo tono como nos enseñan a cuidarnos del coronavirus.

Para Laura Palacios “el chisme no sólo aceita las bisagras del funcionamiento social, sino que nos recuerda que estamos divididos. Que somos de luz y sombra. Que hay pelusa debajo de las alfombras. El chisme no existe fuera de la vida social, porque depende de la presencia de otro para seguir existiendo. En este caso particular, de la complicidad de otro, porque es gregario, necesita testigos. Se sabe: más temprano que tarde, quien recibe una noticia o se entera de algún dato que pueda transformarse en murmuración, arderá en ganas de descoser la boca y dejarlo escapar”.

Finalmente quiero dejarles esta breve historia sobre los tres filtros de Sócrates frente al chisme que –aunque las historias con moraleja no me gustan–, me parece necesaria en este momento.

Cuenta la historia de que cierto día un conocido se acercó al filósofo, y le dijo:

– ¿Sabes lo que escuché acerca de un amigo tuyo?

Sócrates le miró y respondió:

– Un momento: antes de decirme aquello que vienes a contarme, quisiera aplicarle un triple filtro a esa información.

– ¿Un triple filtro? -inquirió, extrañado, su conocido.

– Exacto. Antes de que hables sobre mi amigo será buena idea dedicar unos minutos a filtrar lo que me vas a decir.

Y prosiguió:

  1. El filtro de la verdad

– El primero de los tres filtros, es el filtro de la verdad. Dime ¿Estás absolutamente seguro de que aquello que me vas a decir de mi amigo es verdad?

– No. –Dijo el hombre- En realidad solo lo escuché…

– Bien, entonces, realmente no sabes si lo que me vienes a decir es cierto, o no.

  1. El filtro de la bondad

– El segundo filtro es el filtro de la bondad. Dime ¿Es algo bueno eso que vienes a decirme de mi amigo?

– No, por el contrario…

– Entonces –añadió Sócrates- tú vienes a decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Veamos si lo que vienes a decirme pasa el tercer y último filtro.

  1. El filtro de la utilidad

– Este último filtro es el filtro de la utilidad. Dime ¿Es útil para mí eso que vienes a contarme de mi amigo?

– No, realmente no.

– Bien –concluyó Sócrates- Si lo que vienes a decirme no sabes si es cierto, no es bueno y no me es útil ¿Para qué decírmelo?

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