Inicio Una mirada de la ciudad Matamos a la Solapa y no nos dimos cuenta

Matamos a la Solapa y no nos dimos cuenta

En Mercedes ya no existe la siesta. Desde hace algunas semanas, desde que la vida comercial termina a las 18 horas –recientemente extendido a las 19 horas–, ya no hay más siesta. Los negocios atienden de corrido y la franja laboral es similar a la de Capital. Las calles son un coro de motores de autos y motos y las veredas son hileras de postes con barbijos esperando el turno de ser atendidos. La siesta, esa pausa del día, ese paréntesis temporal en la vida del pueblo, brilla por su ausencia.

Es cierto que Mercedes ya no es un pueblo. Es cierto que hoy sabemos más que nunca que somos la primera ciudad por fuera del AMBA, lo que dicho así invita a pensar que somos más el eco del ruido de Buenos Aires que una comunidad provinciana o un distrito del interior. Pero de todos modos, aunque nuestra población crezca, aunque ahora haya que mirar a ambos lados al cruzar la calle, aunque tengamos estacionamiento medido, el horario de la siesta se respetaba. Los comercios, termómetro de la circulación, cerraban sus persianas a las 13 y volvían a abrir cerca de las 17 horas, sin importar cuánto refunfuñaba el empleado por ese corte en su jornada.

No estoy añorando aquello, tampoco estoy aplaudiendo los nuevos horarios. No se trata de que la siesta sea un valor en sí, ni que el ritmo de vida calmo y aletargado de un pueblo sea mejor o peor que el bullicio y el apuro de la ciudad. Lo que temo, en verdad, es que se pierdan los mitos y las leyendas orales que aportan a la identidad de un lugar. Y la siesta, sin dudas, es el momento de la tarde donde nace, cada día, la leyenda de la Solapa.

Todavía recuerdo el gesto de emoción contenido de mi viejo cuando me contaba, en tiempos donde apenas me ataba los cordones, que una vez había tenido la oportunidad –al salir sin permiso en hora de la siesta–, de ver a la Solapa doblar la esquina en dirección a él y que no le daban los pies para volver sobre sus pasos y encerrarse en su casa. Aunque su nombre aluda a una entidad femenina, la descripción paciente y detallista de mi viejo junto a sus silencios con pose de evocación, dibujaban en mi mente la imagen de un hombre avejentado, de barba larga de color ceniza y descuidada, y de tranco dificultoso que arrastraba sobre su espalda una bolsa de tela sucia donde llevaba el botín de los niños secuestrados. La Solapa –mi solapa– era el nombre propio de «El hombre de la bolsa».

Hasta no hace mucho creía que la Solapa era una historia que sólo nosotros conocíamos, el piberío de mi pago. Pero un día la escritora Selva Almada me dijo que la Solapa era una leyenda típica de su Entre Ríos natal.

Allí, al parecer, se trata de una señora con un gran sombrero blanco y un vestido del mismo color, cuya misión consiste en asustar a los niños que se escapan de sus siestas a jugar a los montes y exponiéndose así al peligro de la yarará. La Solapa, entonces, es en verdad un hada protectora que con un gran susto provoca que los chicos vuelvan a sus casas. Quizás ya no quedan montes y escasean las yararás y entonces, todo lo que conté en presente, debería decirlo en pasado.

En Santa Fe la solapa es un duende amarillo del tamaño de una pelota. El escritor Fabián Reato alguna vez la describió como una vieja vestida de negro y con una bolsa de leña cargada.

Inútil es buscar un origen, rastrear el comienzo de la leyenda. Que una leyenda oral tenga una autoría, un momento o un lugar de inicio es casi un contrasentido. Por eso, al tratarse de historias colectivas instaladas desde quién sabe cuándo en la memoria de un pueblo o de una región, es que forman parte del torrente sanguíneo y nos advierten, desde muy chiquitos, sobre los riesgos, los temores y las enseñanzas necesarias para crecer en esa geografía, para nutrirnos de esa cultura.

En la Edad Media se asustaba a los chicos con historias que sucedían en los bosques. El miedo a lo que podía ocurrir más allá de los límites

En la Edad Media se asustaba a los chicos con historias que sucedían en los bosques. El miedo a lo que podía ocurrir más allá de los límites era un temor basado tanto en elementos reales –como los asaltos y las diversas guerrillas de la época–, como imaginarios, mezclados con la mitología y la religión. Era una manera –otra– de control social. De ese miedo, real o imaginario, los protegía el señor feudal, el mandamás del pueblo, a cambio de la correspondiente cuota de impuestos en granos, comida, producción o monedas de oro o plata.

¿Cuántas leyendas que giran en torno al peligro que implica la aventura o al castigo por salirse del perímetro y que provienen de la Europa antigua han sido plasmadas en relatos infantiles hasta convertirse en cuentos clásicos de la literatura universal?

Caperucita Roja y Hansel y Gretel son los ejemplos que brotan de modo automático.

Las siestas en Mercedes ya no son siestas. Ahora que lo pienso mejor, creo que me estuve engañando todo este tiempo. Porque ese silencio sepulcral necesario para generar el clima de la siesta, ese fluir de los sonidos de la naturaleza que vive en los árboles, esas calles que deberían estar desérticas, esa sensación de pueblo abandonado imprescindible para que la solapa circule a sus anchas, ha dejado de existir muchos años antes que la disposición actual que empujó a los comercios a atender de corrido. Matamos a la Solapa y no nos dimos cuenta. Salvamos a los chicos de esa amenaza mortal pero no parece que la cosa haya mejorado.

Me temo que ya nadie le cuenta a sus hijos los hábitos de la Solapa. Yo tampoco. ¿Por qué?

¿Será por aquello de que los chicos de hoy son menos inocentes y más incrédulos? ¿O que ya no hay lugar para la Solapa porque no hay siestas como las de antes? ¿Será quizás que las fantasías infantiles se han globalizado y ahora los chicos encuentran en sus tablets las historias de miedo suficientes para el empacho? ¿O que la inseguridad de hoy es tan real que tuvieron que llegar los pasadores de puertas, las rejas con candados y las puertas pentágono para ahogar todo intento de travesuras? ¿Será que la posibilidad de perderse, condición ideal para las apariciones mitológicas, es inverosímil porque hoy los chicos tiene un GPS incorporado en el bolsillo? ¿O que el miedo mayor, la pandemia, mata al miedo menor?

Me temo que ya nadie le cuenta a sus hijos los hábitos de la Solapa. Yo tampoco. ¿Por qué?

Si no es la Solapa, que sea otra cosa. Pero que sea algo. Que haya leyendas que nos identifiquen, historias que transcurran en lugares familiares, relatos que calen hondo. Mentiras verdaderas. ¿Qué otra cosa es un mito sino una mentira que esconde una verdad?

Y si fuera que la solapa ya no está, que sin darnos cuenta se fue para no volver, me voy a despedir como ella se merece, cantando la chamarrita que Santos Tala le dedicó:

“La solapa”
Gurisito entrerrianito
no andes troteando a lo iguana
quédate a dormir la siesta
búscate una resolana.
Revisando los niditos
retozando en los senderos
hay un duende que castiga
a esos gurises cuatreros.
el canto de la paloma
anuncia que la solapa
viene bajando la loma
Toda vestida de blanco
se esconde en los matorrales
ganá la sombra ligero
en una de esas te sale.
Es la dueña de la siesta
con su sombrero grandote
sale a comer pisingallo
tas, frutitas, en los mogotes.
Como también vos, gurí
tenes esos mismos gustos
anda rabiando empacada
buscando darte un buen susto.
Gurisito entrerrianito
si te sale la de blanco
hacete el zonzo y decile
que vos sos un gurí santo.

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