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Como un puñal

Después de tanto postergar decido ordenar el galpón. Hay montones de cosas que se han ido acurrucando con el tiempo. Cosas que han perdido hasta la esencia de lo que eran, del sentido de su existencia. Saco todo. Una vez afuera miro con asombro. Es extraño cómo esa cantidad de cosas entraban en un ambiente tan chico. Cuerpos materiales que ocupan un lugar se amontonaban de tal forma que parecían disiparse en el olvido.

Recuerdo el documental de Netflix Minimalismo: menos es más. Un documental medio pelo donde los protagonistas han sido consumidores compulsivos y que ahora, cambio de por medio, cuentan la experiencia de despojarse de las cosas, de hacer el ejercicio de clasificar cuáles son las cosas esenciales en la vida y desprenderse del resto.

 

Es fácil saber y deshacerme de las cosas que no usé en los últimos años. Lo difícil, en mi caso, es encontrar la manera. Hay algunos objetos de valor que podrían venderse en las redes, otros, regalables, podrían servirle a alguien que tenga más creatividad para pensar posibilidades de uso, y, principalmente, más motivación que yo. Pero ¿cómo encuentro a esa persona?

Hay un tender roto pero no tanto. Con tiempo, maña y dedicación podría arreglarse. Tres cosas que yo no tengo. Hay un carrito de esos que se usaban para ir al supermercado en la década del setenta que está sano, pero ya nadie usa carrito. Hay un tablero hecho de remaches de maderas cargado de clavos que servía para colgar herramientas. Podría publicar todo para regalar, pero sé que no lo voy a hacer, no voy a tomarme ese tiempo.

Dicen que el hambre en el mundo no es por falta de comida, sino por problemas de logística y distribución, es decir, por poca voluntad de los gobernantes. Me da un poco de culpa saber que de algún modo estoy haciendo lo mismo.

Hay un cajón invadido de tornillos oxidados, tuercas y arandelas. Miles de cada uno. Guardo algunos manojos al tun tun, sin mirar, y tiro el resto. Hay una lucha interna entre el por las dudas y la liberación, el placer de tirar lo que no se usa. Miro cada objeto y pierdo minutos pensando si lo regreso al rincón o si le doy fin a su estadía en mi casa. Cada cosa perdida en un galpón se aferra al por las dudas. Suele ser el sentido de su existencia. Esa posibilidad incierta, esa condición potencial, ese futuro prometedor que justifique el presente lastimoso.

Dicen que el hambre en el mundo no es por falta de comida, sino por problemas de logística y distribución, es decir, por poca voluntad de los gobernantes. Me da un poco de culpa saber que de algún modo estoy haciendo lo mismo.

Hay una banderola oxidada que debiera tener tres piezas de vidrio y que sólo tiene una. La manija está dura y sin movimiento. También la tiro. No la pongo en venta ni la ofrezco de regalo. La tiro. Con culpa, sí, pero también con el coraje suficiente para evitar la trampa de pensar que alguien podría necesitarla y entonces que vuelva al galpón otros cinco o diez años más.

Cargo todo en la camioneta. Hay también bolsas de consorcio, cartones mojados, maderas, tarros de pintura, y cosas inclasificables. Todo directo al basural.

Al llegar un hombre me hace señas indicándome cómo debería estacionar en medio de montañas de basura. Hay aves carroñeras dando vueltas sobre bolsas de nylon enterradas. Quisiera diferenciar los olores que me invaden al bajar. Es una mezcla repugnante de olores fuertes que compiten por sobresalir. Olor a cartón mojado, a fierros oxidados, a desechos humanos, a comida podrida.

El hombre me muestra la palma de la mano por el espejo retrovisor. Me detengo.

— ¿Lo ayudo, jefe?

No es un empleado municipal, es un hombre ansioso por ver las novedades que traigo.

En eso se acerca un nene apurado, como si estuviera llegando tarde al reparto de caramelos. Los tres empezamos a descargar la camioneta. Lo primero que tiro es la bolsa con los tornillos y las tuercas. El nene rompe la bolsa y dice “mirá papá” y empieza a clasificar los tornillos como si fueran bolitas, o un pilón de figuritas. Está en cuclillas explorando cada arandela, cada tuerca. Quizás esté pensando qué se puede hacer con eso, quizás esté proyectando posibilidades que jamás se me hubieran ocurrido.

Bajamos retazos de chapas, pedazos de vidrios, objetos punzantes. De pronto tiro el carrito a un costado. El nene lo abre, lo inspecciona y dice “mirá papá, un carrito!”

El padre le dice que ahora no, que se corra porque está casi encima de la camioneta y no podemos bajar el resto, que después lo hace.

El nene se aleja un poco y permanece de pie, esperando el próximo atractivo.

Bajamos retazos de chapas, pedazos de vidrios, objetos punzantes. De pronto tiro el carrito a un costado. El nene lo abre, lo inspecciona y dice “mirá papá, un carrito!” El padre sonríe y me mira, como si hubiera sabido que su hijo reaccionaría de ese modo.

Sigo tirando lo que considero basura y el hombre separa algunas cosas dejándola a un costado. Separa el tablero con clavos, la ventana banderola, el tender, y algunos fierros.

Al terminar ambos me saludan y el hombre me dice «gracias». Lo miro sin poder responder. Siento ese «gracias» como un puñal, algo que no esperaba y mucho menos merecía.

Ahora, mientras escribo, pienso que es al revés, que el agradecido soy yo. Ese hombre y su hijo paliaron mi culpa e hicieron que de ahora en más no dude en desprenderme de las cosas.

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