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La primavera prohibida

A la altura de La Flor Cuyana, donde hace veinticinco años vi a un amigo vestido de murguero que besaba por primera vez a una chica con cara pintada de azul y un buzo de Normal cuyas mangas le tapaban las manos, ahora veo dos mujeres que caminan con tapabocas y equipo de gimnasia. Enfrente, justo en la zona donde una vez se desfondó la bolsa y estallaron las tres cervezas que acababa de comprar, un hombre con gorra de New York Knicks corta el pasto con una máquina naftera.

El sol, aburrido, lo mira con desilusión. Decepcionado por haber dicho presente a la esperada fiesta juvenil y encontrarse, de pronto, con este silencio de restricciones pandémicas.

 

Un auto pasa en segunda y retrasa el tránsito. El conductor mira hacia ambos lados en cada esquina. No lo hace por precaución, no son calles transitadas. Adivino la intención de esa furtiva mirada que busca encontrar algo que se asemeje a un pasado –su pasado– de chicos reposando en las zanjas tomando cerveza, de grupitos de chicas vestidas con colores de arco iris que se pasean de quinta en quinta, de tumulto en las entradas de las casas y de padres que ofician de patovicas. Pero no hay nada.

No hay conos naranjas en la ruta ni patrulleros que controlen el tránsito. Nadie camina por la calle. No hay aerosoles, ni envases tirados, ni restos de pólvora resabios de fuegos artificiales.

Entro a un almacén a comprar agua. En la puerta hay un cartel con promociones de cerveza. Una mujer apoya un paquete de yerba, galletitas, y una gaseosa sobre el mostrador. “Qué lástima todo esto… con este día… ver el barrio tan apagado me da pena por los chicos”, le dice a la vendedora. “Ay, a mi no… ¿sabés el lío de gente que era esto? llegaba esta fecha y a mí se me venían los nervios…”

Una tercera mujer que espera en la cola aporta en un tono enigmático: “Igual los chicos no se quedaron sin primavera, eh…se la rebuscan…” Se hace un silencio. Parece disgustada con el presunto comportamiento de los estudiantes. Todos esperamos que complete la idea, pero no dice más nada. Finalmente, la mujer que está delante dice: “Sí, parece que le dieron el parque para juntarse…” Todos sabemos que la mujer enigmática no se refería a eso, pero nadie aclara y la conversación concluye.

Recuerdo una vez que en ese mismo almacén dos pibes quisieron resolver las asperezas de todo el año. Solía pasar que había peleas que se programaban, tácitamente, para el día de la primavera. Como si la bronca necesitara los meses de invierno para leudar y llegar a su máxima expresión el 21 de septiembre.

Fueron algunos empujones, suficientes para que se cayeran los productos de las góndolas y que todo parezca de película. La misma vendedora a la que se le vienen los nervios, con veinte años menos, empezó a los gritos y manoteó una escoba para espantarlos, como si fueran ratas picoteando la mercadería.

En los años 90 no había quintas que no tuvieran su colorido. Una semana antes los dueños cortaban el pasto, limpiaban, aireaban los quinchos, sacaban las sillas del galpón y enchufaban las heladeras. El barrio parecía la escuela, y cada quinta, un aula.

Camino por calles que no conozco. Muchas casas en esta zona siguen siendo quintas de verano y hoy se las ve descuidadas, con el pasto crecido y el cerco despeinado, como si recién despertara.

En los años 90 no había quintas que no tuvieran su colorido. Una semana antes los dueños cortaban el pasto, limpiaban, aireaban los quinchos, sacaban las sillas del galpón y enchufaban las heladeras. El barrio parecía la escuela, y cada quinta, un aula.

Un auto reduce la velocidad en un lomo de burro. Cuatro o cinco autos se enciman detrás y da la sensación de haber más tránsito del que hay. Una primavera en esa esquina, a la altura de Ravello, una moto atropelló a un pibe de San Patricio que quiso cruzar sin mirar a los costados (quizás el pibe haya atropellado a la moto).

Tambaleaba –como tambaleábamos todos– y no reaccionó a tiempo. Era todo muy caótico. La guardia del hospital atendía más accidentados el día de la primavera que en Navidad o Año Nuevo.

Después, a principios del dos mil, la Municipalidad cortaba la calle desde la Terminal hasta la ruta para que los chicos circulen con libertad dentro del perímetro. Algo parecido al confinamiento social, al cierre de los barrios, y a las restricciones de la circulación. El día de la primavera había empezado a profesionalizarse hasta llegar a ser una marca de la ciudad, un producto a vender, un evento turístico. Pasó de ser un esfuerzo de voluntades individuales, una junta de amigos que se repartían los roles para comprar la carne, la bebida, para conseguir el equipo de música, los CDs, un frezzer más de refuerzo, o algo de cotillón que combine con los colores del colegio, a convertirse en productoras pymes que juntaban el dinero con mucha anticipación para montar carpas, escenarios, barras de tragos y cerveza tirada, y contratar a las bandas de cumbia del momento.

Otras épocas: La Champions Liga en la primavera de 2015

 

Cobraban una entrada por anticipado, repartían pulseras de pases vips, y se contrataba al personal de seguridad. Ya no se trataba de un curso o de una división, sino de todo el colegio. Todos los estudiantes en función de un mismo objetivo: demostrar con hechos de qué son capaces cuando hay motivación.

En el silencio de la tarde recorro las calles de tierra más alejadas del acceso, calles que no tienen números, donde no se ve gente, donde apenas hay algunas casas. Los perros del vecindario salen a la vereda y me reciben –o me expulsan– con euforia. Parecen excitados al ver algo que se mueve, alguien que camina. No hay autos en las calles, tampoco en las casas. Debieron de haber estado por la mañana, supongo. Alguien tuvo que haber alimentado a esos perros para que ladren con tanta fuerza.

La primavera de este año será recordada como la primavera prohibida. No hay manifestaciones grandilocuentes, ni peregrinaje al ritmo de la batucada, ni quintas transformadas en predios de Lollapalooza. No hay muestras de grandeza ni montajes exorbitantes.

Cuando callan –cuando me alejo–, el viento filtrándose en la copa de los árboles trae el eco de cánticos adolescentes, de tambores y redoblantes que por muy entusiasmados que suenen pierden el ritmo, de fuegos artificiales como carta de presentación, de tiempos sin pandemias.

Antes, cuando el Acceso Sur era tan solo un acceso, los picnics primaverales estaban dispersos por toda la ciudad. El parque municipal y otros espacios públicos eran los focos de mayor concentración. ¿Cuándo fue que los estudiantes dejaron de hacer picnics para practicar tributos y rituales de culto al colegio?

Dos chicos pasan en moto. No llevan disfraces, ni bombos, ni sombreros. No llevan remeras ni buzos que los identifiquen con una promoción, con un colegio. Solo tapabocas. El de atrás sostiene un pack de cerveza con una mano mientras con la otra señala una dirección.

La primavera de este año será recordada como la primavera prohibida. No hay manifestaciones grandilocuentes, ni peregrinaje al ritmo de la batucada, ni quintas transformadas en predios de Lollapalooza. No hay muestras de grandeza ni montajes exorbitantes. Está el parque, sí. El lugar que el municipio eligió para que los chicos se reúnan. Pero la primavera, por muy buena voluntad que haya de parte del gobierno, es de los chicos y serán ellos quienes decidan qué hacer. Y el deseo, en la adolescencia –y en cualquier edad– es un río subterráneo que a mayor restricción mayor el cauce, y que arrastrará a los chicos a la clandestinidad convirtiendo aquellos predios festivos en bunkers secretos, en refugios contra el aislamiento, en un paréntesis de la cuarentena.

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