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La cuarentena insulsa

Un amigo me llama por teléfono y me dice preocupado:

– Vos que sos psicólogo, me tenés que dar una mano con Matilda.
– ¿Qué pasó?
– El fin de semana vio la cantidad de gente que había en la calle y me preguntó si se había terminado la cuarentena, si habíamos vencido al coronavirus. ¿Qué le respondo? Todo el día me hace planteos así.

 

Cada vez que un amigo termina o empieza una frase con “vos, que sos psicólogo” en realidad quiere decirme, como si no lo supiera, que hay cosas que no podemos resolver, que hay respuestas insuficientes.
Y él, que de por sí ya es bastante estructurado, me dice que ya no sabe qué responder, que la hija lo tiene contra las cuerdas.

– Yo siempre le dije que la cuarentena iba a terminar cuando no esté más el coronavirus y ella fue la que mejor se adaptó al encierro. Pero después todo se fue abriendo de a poco y, te digo la verdad, ni yo sé qué se puede y qué no. ¿Qué le digo? ¿Que hoy se puede salir pero mañana no?
– Siempre te incomodaron los grises, a vos -le digo en tono de broma para quitarle solemnidad a la consulta.

Él se ríe, me dice que las medias son para los pies, pero en el fondo padece su inflexibilidad, lo hemos hablado más de una vez. Y ahora la hija está en esa edad donde sabe qué preguntar, hurga con el dedito y rasga cada vez más el entramado del discurso.

– Encima, pobrecita, es re estricta. En eso sale a mí. El otro día estaba la tele de fondo, el día que habló Alberto, y parece que no pero ella escucha y sabe todo ¿qué nene de esa edad sabe quién es el presidente? Nadie. Bueno, ella sabe y dice “Alberto dijo tal cosa” o “Alberto dijo tal otra”. El otro día nos dice, “dice Alberto que no se llama más cuarentena”. ¿cómo le explico? Decime, vos que sos psicólogo.

 

Recuerdo que en abril o incluso en mayo existía la idea del antes y el después. Mucha gente fantaseaba con un cambio radical en los valores del mundo, por ejemplo. Todos saldríamos de la cuarentena transformados, más buenos, más solidarios, más considerados. Le daríamos la espalda, poco menos, al sistema capitalista

Después de ofrecer algunas alternativas en relación a su hija, la charla avanza a la situación actual y al repaso de todo este tiempo.
Recuerdo que en abril o incluso en mayo existía la idea del antes y el después. Mucha gente fantaseaba con un cambio radical en los valores del mundo, por ejemplo. Todos saldríamos de la cuarentena transformados, más buenos, más solidarios, más considerados. Le daríamos la espalda, poco menos, al sistema capitalista. Ya no iba a haber retorno, cambiaríamos para siempre y no me refiero al uso del barbijo (que por entonces era una extrañeza), sino a cambios más profundos.

– ¿Te acordás cuando en abril había notas de color en los medios y en las redes con el planteo de qué es lo primero que vas a hacer cuando termine la cuarentena? -Le pregunto-. A vos te mataron, supongo que eso no lo tenés anotado en el Excel. Ya nadie sabe cuál fue ese día, qué fue lo primero que hizo o si todavía ese momento no llegó.
– ¡Claro! -dice mi amigo que será estructurado pero tiene un gran sentido del humor-. Vos, que sos escritor, tendrías que escribir sobre eso. Me acuerdo que los noteros preguntaban ¿con quién te vas a reunir primero, a quién le vas a dar el primer abrazo? Si me pongo a pensar ya vi a un montón de gente en cuarentena. Y eso que no hice reuniones ni nada de eso.
– ¿Viste? ¿En qué momento se cortó la cinta que ni me enteré? Con lo que te gusta a vos esa formalidad…
– Y, si. Poder decir “a partir de hoy tal cosa”. ¿Qué mejor que cortar la cinta? -dice jocoso, riéndose de sus propias características-. Poder decir “hoy se termina la cuarentena, hoy se inaugura la nueva normalidad”. ¿Qué le voy a decir a mis nietos cuando le cuente de la pandemia? No voy a poder decir “el día que se terminó el aislamiento, hice tal o cual cosa”. Es una cuarentena insulsa. Voy a tener que inventar algo…
– Además cuando algo se desvanece lentamente como esta cuarentena es como si fuera menos relevante, ¿no? -reflexiono en ese tono ambiguo tan de estos días, medio en broma medio en serio-. Porque si no te vas dando cuenta de esas modificaciones progresivas y graduales, entonces tanto no había cambiado el mundo. Esta pandemia merecía algo rotundo, un corte que hiciera mucho ruido.
– Y, uno precisa cosas puntuales. Fijate lo que dijo Martín el otro día en el zoom…
– No me acuerdo, ¿qué dijo?
– Estábamos hablando de cuándo haríamos una juntada con distancia social, y él preguntó cuál era la pauta que estábamos esperando, qué tendría que pasar concretamente para decidir juntarnos. En serio, vos que sos escritor tendrías que escribir sobre esto.
– Ah, sí, me acuerdo. Y no hay pautas concretas. Ahora parece que todo queda al criterio de cada uno. Un día te pinta juntarte y te juntás, algo así.

Cuando algo se desvanece lentamente como esta cuarentena es como si fuera menos relevante, ¿no? -reflexiono en ese tono ambiguo tan de estos días, medio en broma medio en serio-. Porque si no te vas dando cuenta de esas modificaciones progresivas y graduales, entonces tanto no había cambiado el mundo. Esta pandemia merecía algo rotundo, un corte que hiciera mucho ruido.

Uno precisa cosas puntuales, dijo mi amigo. Pienso ahora, después de aquella charla juguetona, que es cierto. Que nuestra cabeza necesita de esos recuerdos, saber cómo fueron, cada detalle. Son ordenadores que nos ayudan a explicar cómo somos, cómo fuimos en alguna época, por qué me vinculo de tal forma. Símbolos que nos ayudan a darle sentido a nuestra vida, a nuestra historia. Pienso en el primer día de clases, la primera charla adulta con tu viejo, la primera novia, el día que te compraste el terreno o el auto o lo que fuera que marque tu progreso, o bien el día del accidente que truncó tus sueños, el día que ella te dejó por otro, cuando hicieron reducción de personal y todo lo proyectado se vino abajo. Son hechos puntuales, icónicos, la punta del iceberg que sirve para fundamentar todo lo demás. Son ilusiones, también, porque no nos determinan necesariamente, pero es lo que tenemos a mano, lo que recordamos con más facilidad, y nos ayudan a andar.
Es el resultado que da sentido e ilustra todo el proceso. La nota del último final, no las materias previas sin las cuales ese día no hubiera llegado. El día que renuncié al trabajo para hacer lo que quería, no los meses anteriores de angustia e indecisión. El día que me enteré de la infidelidad, no el tiempo previo donde ya no había diálogo.

– Nos cagaron -le digo a mi amigo exagerando el asunto en una escalada de falsa indignación-. No sólo nos robaron cinco meses de nuestras vidas, sino también la posibilidad de pensar el momento bisagra, saber cuando damos vuelta la página y todas esas metáforas comunes.
– Como dice Guido Kaczka: ¿sabés que sí? Nos metieron en este pantano de la confusión, de los grises, del sí pero no, de que ya nadie sabe nada.
– “Nos metieron en este pantano de la confusión” fuaaa querido, estás hecho un poeta.
– ¿Viste? Al final cualquiera puede ser escritor, tirás un par de frases así y listo. Dejá, dejá que la próxima nota la escribo yo.

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